miércoles, 10 de febrero de 2010

Andrés: ¿Presentaciones académicas o matraca politiquera?

Nota del editor (Cornelio): para reunir todas las contribuciones en un solo lugar, me he tomado la libertad de copiar artículos de Andrés a ese BLOG.
Lo que sigue fue publicado en El Nuevo Diario, el 22 de Diciembre del 2009.
Mi respuesta se encuentra en ese BLOG como
Cornelio: Economía, Ética y Política.

En sus contestaciones a mi artículo del 7 y del 8 de diciembre del corriente año, Antonio Lacayo y Arturo Cruz Sequeira evitan hacer referencia a las contradicciones que yo señalé en sus presentaciones en Washington (ver END 9/12/09 y 15/12/09). De todas formas, sus escritos sirven para confirmar que llegaron a la capital estadounidense a presentar la idea de una alianza antidanielista, compuesta por “políticos tradicionales” como Alemán, y “modernos” como Montealegre y Lacayo. Esta alianza tiene nombre y apellido, como se desprende del uso de las mayúsculas en el artículo de Antonio Lacayo, cuando se refiere a ella como la Gran Alianza Nacional. Lacayo, entonces, confirma el intento de crear la GUN, la pistola de la derecha nica, con la asesoría de un miembro de Incae.
Lo único nuevo que ofrecen las respuestas de Lacayo y Cruz Sequeira, es la defensa que hace el primero de la naturaleza “académica” de sus presentaciones en Washington. “La invitación [del Diálogo Interamericano]”, dice Lacayo, era de índole académica”. No se trataba, agrega, de “un lanzamiento político”.
¿En qué se diferencia una presentación académica de una perorata politiquera?
Una presentación académica tiene como objetivo difundir y crear conocimiento, y se rige por normas diseñadas para trascender los límites y las distorsiones de las opiniones. El conocimiento se sostiene en evidencias y en la articulación lógica de los argumentos que se usan para hacer sentido de la realidad. Una opinión, por el contrario, expresa una visión acrítica de la realidad basada en intuiciones, inclinaciones personales o, simplemente, prejuicios. En este sentido, las opiniones pueden calificarse como pre teóricas, si por teoría se entiende el esfuerzo que hacen las ciencias naturales y las ciencias humanas para sistematizar y evaluar críticamente la búsqueda y construcción --siempre imperfecta e incompleta-- de la verdad.
La diferencia entre el conocimiento y las opiniones es muchas veces tenue. Sin embargo, la lucha por respetar y mantener la diferencia entre ambas es crucial para la promoción y defensa de eso que llamamos la verdad. En las ciencias humanas, además, el mantenimiento y la defensa de esta diferencia es necesaria para promover un discurso político crítico y reflexivo que contrarreste el discurso demagógico que impera en países como Nicaragua.
A partir de lo anterior, podemos decir categóricamente que las presentaciones que hicieron Cruz Sequeira, Lacayo, Montealegre y Aguirre Sacasa en Washington no fueron académicas. Fueron políticas, y, más claramente, politiqueras.
Cuando se politiquea se puede distorsionar el sentido de las palabras y decir, como lo dijo Lacayo en su presentación, que en las elecciones de 2006, “Ortega no ganó” sino que “los liberales decidieron perder”. En una presentación académica, este jueguito discursivo es inadmisible, porque irrespeta el sentido de las palabras y distorsiona la realidad. Ortega ganó, y los liberales no decidieron perder sino que perdieron.
Se puede --y se debe-- cuestionar la legitimidad de la victoria de Ortega en las elecciones presidenciales pasadas. Lacayo lo pudo haber hecho hablando con seriedad y explicando, entre otras cosas, la capacidad que mostró el danielismo para manipular las instituciones del Estado; el fracaso de la oposición para detenerlo; y, sobre todo, las razones por las cuales Ortega obtuvo el apoyo de un 38% de la población. Al abandonar la palabra fácil y entrar en un tipo de razonamiento donde no se aceptan los dicharachos caseros, Lacayo hubiese tenido que terminar aceptando la responsabilidad que tiene la derecha que él representa en el triunfo de la izquierda corrupta que hoy gobierna nuestro país. Veamos otro ejemplo de la diferencia entre una presentación académica y otra politiquera.
En un mitin político, o en una mesa de tragos, Lacayo puede reclamar el derecho a decir, como lo dice en su contestación a mi artículo, que los que participaron en la reunión del Diálogo Interamericano viajaron a Washington inspirados en el ejemplo de Madre Teresa; o que ellos no eran ni son de izquierda o de derecha, sino, simplemente, nicaragüenses que aman a su país y que buscan la unidad. En una discusión académica, este tipo de discurso hubiera movido a alguien a exigirle no ofender la inteligencia de los participantes. Lacayo tendría que saber que toda organización política está motivada por intereses; que los intereses dominantes en una coalición marcan su orientación social; y que ésta puede calificarse de izquierda o de derecha, dependiendo de la centralidad que se le asigne a la solución de los problemas de los pobres y marginados de un país como Nicaragua.
La presentación de Cruz Sequeira: más de lo mismo.
En una presentación académica seria, Cruz Sequeira no hubiese podido ofrecer, como si se tratara de una verdad incontestable, la idea de que para transitar exitosamente hacia la democracia, el PIB de un país “debe fluctuar entre 3 y 6 mil dólares”. Cruz se ampara en el libro de Fareed Zakaria (The Future of Freedom, 2003), para hacer esta aseveración ultrareduccionista.
Cualquiera que lea el libro de Zakaria --que Cruz no leyó bien--, se dará cuenta de que su autor no usa este dato para argumentar lo que con tanta seguridad y sencillez argumenta Cruz. Zakaria, como todo buen académico, es cuidadoso y matiza sus aseveraciones. Señala que, “aun contando con el conocimiento histórico más profundo, es imposible predecir cuándo un país puede democratizarse”. Y agrega: “Esto depende de una mezcla de elementos históricos que son propios de cada país” (p. 71).
Si aceptamos lo que dice Zakaria, tendríamos también que aceptar que lo que tenemos que hacer los nicaragüenses es definir y estudiar los elementos históricos que en nuestro país han impedido la democracia y el desarrollo. De hacerlo, llegaríamos a la conclusión de que uno de estos elementos ha sido la insensibilidad social y la colosal pereza mental de nuestras elites, que no paran de imitar y mal copiar lo que otros dicen, sobre todo si lo dicen en inglés y, más aún, si lo expresan en una fórmula o indicador que podemos usar sin vernos obligados a pensar.
El mismo Zakaria reconoce que la calidad de las elites y del liderazgo político con que cuenta una sociedad, son elementos esenciales en cualquier proceso de transición y consolidación democrática. También señala como necesaria, algo que nosotros tampoco tenemos, por obra y gracia de la izquierda corrupta y de la derecha insensible que controlan el país: una estructura efectiva de derechos ciudadanos que permita a los nicaragüenses defenderse de los abusos de los que los gobiernan. Sigamos con otro ejemplo.
En un chinamo, uno puede tomarse un trago y levantar la voz para decir lo que dijo Cruz Sequeira en Washington, cuando pontificó que la sociedad nicaragüense está dividida en un sector de votantes tradicionales que practican “la política de emociones”, y un sector moderno, donde supuestamente se practica una política “racional”. En una presentación académica, alguien le hubiese explicado que la separación que él hace entre la “razón” y las “emociones” forma parte de una psicología y de una sociología obsoletas. Las ciencias cognitivas, las ciencias sociales y la filosofía muestran hoy que toda acción es a la vez racional y emocional, porque la mente, como dice Maurice Merlau-Ponty, es una mente encarnada en cuerpos que responden racional y emocionalmente frente a la realidad. Hablamos de emociones y de la razón, como si se trataran de facultades separadas, por razones meramente analíticas, y, sobre todo, por las limitaciones del lenguaje. En la realidad, sin embargo, ambas cosas son inseparables y forman parte de la experiencia que significa ser humano.
Cruz y Lacayo arrogantemente asumen que sus experiencias de vida son racionales, y que las de los que votan por el FSLN son emocionales. Esta posición se basa, simplemente, en una opinión. Es, para decirlo más claramente, un irresponsable tapazo que denota los prejuicios sociales y el sentimiento de superioridad de los que controlan el poder o sienten que tienen el derecho a controlarlo. Recordemos que, en muchas ocasiones, los estadounidenses y los europeos nos han calificado a los latinoamericanos como seres emocionales e irracionales. Recordemos que nosotros, los hombres, hemos usado estos mismos adjetivos para menospreciar a las mujeres.
La calma con la que reaccionan Lacayo y Montealegre frente a la realidad nicaragüense no es una virtud “racional”. Se puede ser muy paciente y elegante frente a la miseria y a la desigualdad que impera en nuestro país, cuando no es nuestra hija la que no puede ir a la escuela; cuando no es nuestro hijo el desnutrido; o cuando no es nuestra madre o hermana la que se prostituye en una esquina de Managua. Mientras la oposición al orteguismo no entienda esto, Nicaragua seguirá partida en dos, y la guerra, la violencia y los exilios seguirán lloviendo sobre nosotros y sobre nuestra descendencia. No importa en qué mansión nos escondamos.
Y mientras la gente honesta del FSLN no se deshaga de los corruptos que controlan este partido, los pobres de Nicaragua vivirán expuestos al regreso al poder de los Lacayo y de los Montealegre. Las contradicciones que genera la cleptocracia gobernante alimentan el poder de la derecha que estos dos políticos representan.
Para poner fin al ciclo destructivo en que la derecha insensible y la izquierda corrupta mantienen al país, es necesario crear nuevas alternativas, con nuevos rostros, nuevas visiones y nuevas sensibilidades. A nosotros, los de mi generación, sólo nos queda pedirle perdón a la juventud nicaragüense por la ruina social y la bancarrota moral que le hemos heredado.