miércoles, 17 de febrero de 2010

Andrés: La dimensión subjetiva de la realidad

Nota del editor (Cornelio): para reunir todas las contribuciones en un solo lugar, me he tomado la libertad de copiar artículos de Andrés a ese BLOG.
Lo que sigue fue
publicado en El Nuevo Diario, el 17 de Febrero del 2009.

La realidad se estructura mediante un sistema de significados sociales que determinan el sentido común con el que se articulan las definiciones del bien y el mal, lo justo y lo injusto, lo legal y lo ilegal. Estas definiciones son esencialmente políticas porque expresan los balances de poder que establecen los diferentes sectores y grupos que, representando diversos intereses y aspiraciones, luchan por definir los significados que forman el sentido común de la sociedad.
En la lucha por definir estos significados, triunfan aquellos grupos y sectores sociales que logran transformar sus intereses particulares en valores que terminan imponiéndose sobre la sociedad. A través de este proceso se construyen y reconstruyen las instituciones que, de acuerdo a Cornelio Castoriadis, condensan los valores sociales dándole forma y sentido a la historia (Castoriadis, 1997, 3-18). Estas instituciones, a su vez, cumplen una función socializante; es decir, sirven para transformar a los individuos en “sujetos éticos” socialmente adaptados (Clifford, 2001, 11).
El pensamiento político y la teoría social forman parte de la red de significados con que la humanidad define el sentido de su existencia y el sentido de la realidad. Nada –el neoliberalismo, el socialismo, o la idea de la justicia, por ejemplo–, existe fuera de estos sentidos y, más concretamente, de los medios discursivos que utilizamos para articularlos. La subversión ética de la realidad supone, desde esta perspectiva, desestabilizar este sistema de representaciones simbólicas y conceptuales.
Este libro contiene una propuesta teórica y ética para la formulación de una estrategia política que promueva la transformación de la realidad latinoamericana. El libro, en otras palabras, ofrece las bases de una estrategia para la subversión y reconstrucción de los significados que se integran en la moralidad social que legitima y justifica la distribución y el uso del poder en las sociedades de la región, a sabiendas de que lo cultural y lo material son dos caras de una misma realidad. Cuando cambian las representaciones subjetivas que hacemos de la realidad, cambia la realidad misma.
Es un error, entonces, asumir la existencia de una relación unidireccional entre la dimensión objetiva y la dimensión subjetiva de la realidad. La realidad es lo que pensamos a partir de lo que vivimos; a partir de lo que sentimos; a partir de nuestra doble condición de seres individuales y sociales, porque no existe la individualidad fuera de un contexto y de una condición social que le sirve de referencia. Somos y estamos “ahí” (Dasein), “en el mundo” (Heidegger, 1962).
Desde el mundo pensamos y creamos el sentido de la realidad social y de nuestra propia existencia. La mente con la que pensamos esta realidad es una mente “encarnada”; es decir, es una mente incrustada en la materialidad concreta de seres vivientes que habitan un tiempo histórico y un espacio social que condiciona su humanidad (Merleau-Ponty, 1964b). Esto, sin embargo, no implica que la mente no pueda trascender su materialidad para imaginar nuevas realidades (Fielding, 2006).
Construimos y reconstruimos “realidades” haciendo diferentes representaciones del mismo hecho objetivo y material: la esclavitud que en un momento histórico se impone para muchos como legítima y normal, reaparece como ilegítima y despreciable en otro momento, no porque el hecho en sí haya cambiado, sino porque hemos cambiado nuestra representación y significación de este mismo hecho. Más aún, dentro de un mismo tiempo histórico pueden surgir diferentes interpretaciones de una misma condición material. Para algunos, por ejemplo, la pobreza que sufre hoy América Latina es una inevitabilidad histórica. Para la teoría marxista es un producto de la explotación y de la existencia de clases sociales. Para el cristianismo es una afrenta contra Dios y la humanidad. Lo que llamamos la realidad social, entonces, es el resultado de la confrontación entre diversas concepciones y representaciones de su sentido.
La historia, desde esta perspectiva, es una lucha permanente entre las diferentes narrativas que pueden hacerse a partir de una misma base material. Así, cuando el pensamiento nomina y explica la realidad, desarrolla la capacidad de transformarla creando nuevas realidades.
La historia, entonces, es un proceso de transformaciones materiales y subjetivas. No existe la una sin la otra. No existe una materialidad que para ser reconocida como tal, prescinda de significado. Y no es posible significar lo inexistente.
Es en este sentido que debemos interpretar la posición posmarxista que argumenta que no existen elementos “verdaderos” o “ciertos” u “objetivos” en eso que llamamos la realidad. La realidad social es una construcción en la que participan los significados que le imponemos a la materialidad, los hechos y las circunstancias de la historia.
Ésta no es una perspectiva voluntarista, si por voluntarismo se entiende una visión de la historia como un proceso enteramente determinado por nuestros deseos; es decir, como un proceso que no reconoce las limitaciones estructurales dentro de las que se desarrolla el mundo y la sociedad. Tampoco es una perspectiva determinista –religiosa o secular– que asume que la política –entendida ésta como la lucha por la construcción y distribución del poder–, es marginal o irrelevante porque las leyes de un Dios providencial, o las de una dinámica económica, determinan el rumbo de la historia.
El determinismo y las limitaciones estructurales –como lo señala Alberto Guerreiro Ramos– coexisten con la libertad humana y ésta es impensable sin la existencia de limitaciones estructurales. El rumbo de la historia y de la sociedad, desde esta perspectiva, está condicionado por la existencia de relaciones, prácticas y procesos sociales institucionalizados. Esto, sin embargo, no debe ignorar que son actores sociales, con capacidad de reflexión y acción, quienes constituyen y reproducen estas estructuras. A partir de la comprensión de los marcos de limitaciones y posibilidades históricas dentro de los que opera la sociedad, los individuos pueden ampliar los límites de la realidad y las fronteras de lo posible (Guerreiro Ramos, 1970).
Así pues, las limitaciones objetivas que impone el laberinto de la historia están siempre acompañadas de espacios reales o potenciales de libertad que pueden servir para ampliar el marco de posibilidades dentro del que se desarrolla la sociedad. Descubrir y crear estos espacios es la tarea fundamental de la acción política, del pensamiento político y de la teoría social. Sin esta función reveladora y creadora, ellas pierden su razón de ser como fuerzas que sirven para trascender la realidad existente, que es siempre la realidad que define el poder para limitar la imaginación política y el horizonte histórico de la humanidad.