lunes, 15 de febrero de 2010

Cornelio: ¿Luchar por definiciones o para soluciones?

Dice Andrés Pérez Baltodano “Luchar por la libertad, la justicia y la igualdad social es, en gran medida, luchar por una definición de estos conceptos”. Me permito a contradecirle, al menos en el contexto de Nicaragua, admitiendo que los otros quizás me interesan algo aunque francamente poco me importan.

Las mayorías en Nicaragua no luchan por la igualdad social, mucho menos por una definición de la misma, sino por cosas y causas mucho más sencillas: tener la tortilla, el arroz y los frijoles con cierta seguridad todos los días, no morir ni quedar menos-valido por enfermedades fácilmente curables o accidentes sencillos, no hacinar con menos que un metro cuadrado por persona en casuchas, donde se filtran alternando la luvia o el polvo por paredes y techos, mandar a sus hijas e hijos -alimentados- a escuelas, donde haya materiales de estudio y más que un maestro para cada 50 alumnos, ganarse la vida trabajando, no prestando ni mendigando ni mucho menos robando, al fin tener una oportunidad de hacer algo para mejorar la vida propia, la de mi familia y la ajena, sin ser descartados de antemano tal como se sienten ahora miles y miles de jóvenes.

En cuanto a la justicia, creo que para muchos ya sería un gran avance si el ladrón de una gallina no terminara en la cárcel mientras quiénes robaron cientos de millones anda de candidatos a elección respectivamente re-elección o si sin sobornar al juez se puede ganar un juicio civil aún cuando al otro lado están banqueros u otra gente de influencia. Al fin en cuanto de libertad -donde hubo sin la menor duda los mayores avances- la gente teme antes de todo que persistan respectivamente vuelvan los tiempos en los cuales para tener un pegue tenés que simular que apoyes éste o aquel poderoso, este o aquel partido, éste o aquel religión, pues a nadie le gusta mentir ni engañar. Aunque muchos dicen que eso sea idiosincrasia natural del Güegüense, yo lo dudo.

No hay mucho que definir entonces cuando se toma nota de la vida real, aunque quizás así en principios filosóficos nos quedamos cortos. Confieso no obstante que al menos yo estuviera más tranquilo, más contento si viera avances a soluciones en esos problemas, cuando he vivido situaciones así difíciles a soportar, a menor grado en mi familia propia y a mayor entre mis cuñadas y cuñados nicaragüenses y sus familias.

No obstante lo limitado de nuestras aspiraciones, la tarea a enfrentar parece gigante. A pesar de todos sus errores y malas interpretaciones, Lenin lo llevó al punto diciendo “Socialismo es el Poder de los Soviet más la Electrificación”, señalando la imperante necesidad de conjugar lo político y lo económico, más en particular la necesidad de crear como una nación las bases materiales para superar la miseria.

En el caso de Nicaragua, no hay forma como salir de ella si -como en los últimos 30 años- lo producido per cápita baja y no aumenta tal que el crecimiento económico se quede por de bajo del de la población. Aunque ciertamente un programa asistencial como “Hambre Cero” ojalá les da a unas tantas cuantas, hasta miles, de familias su litro de leche al día, sus frijoles o maíz, éstas mismas familias no aportan, aun trabajando sol-a-sol, lo suficiente a la economía nacional para ponerles energía y agua en la casa, educar a sus hijas y hijos, curar sus enfermedades, construirles una casa digna y transportarlos de algún lugar en Nicaragua a otro, de los otros, que viven en miseria en las ciudades sin media manzana al lado apta para la micro-agricultura ni hablar.

No son minorías, sino más que un tercio de la población, cuyo potencial humano lo estamos desperdiciando al hacerlos vivir y producir como en pleno siglo XVIII; peor ésta forma de “economía de baja intensidad” está, por el avance de la frontera agrícola, destruyendo las bases mismas de la vida en Nicaragua. Peor, Nicaragua tampoco sabe aprovechar “crema y nata” de sus educados cuando más que la mitad de los titulados universitarios -hoy más que 15 veces la cantidad del 1990- se encuentra en el desempleo, teniendo la emigración como única alternativa.

Ahora bien, sabemos que el método leninista de resolver tales problemas fracasó. Sacrificó en vano a millones en aras de un supuesto futuro mejor, tal como lo siguen haciendo los dirigentes chinos de hoy, pues simular desde el estado al capitalismo no solo es menos eficiente y eficaz que el original sino además deja a los explotados con aún menos derechos a la autodefensa que ese. Por tanto el contubernio nada tácito a la nicaragüense entre capitalismo privado y capitalismo para-estatal, celebrado a reuniones cerradas, no induce mucha confianza para decirlo al suave, menos cuando ambos insistan que se pueda o se deba separar lo político de lo económico. Tampoco convence el capitalismo a la Friedman -libertad sin restricciones ni supervisión para los flujos internacionales de capital- después de su fracaso con costos aún desconocidos en su totalidad. El sueño o la pesadilla de una Nicaragua atrayendo como un imán al capital del mundo para invertirlo en Nicaragua siempre pertenecía al reino de pura ficción.

En resumen, a mi humilde criterio, nuestro problema en Nicaragua no es cómo re-definir conceptos como Libertad, Justicia e Igualdad social sino cómo organizarnos entre todos para enfrentar nuestros problemas vitales diarios conjuntamente, donde si hay que luchar para que no se siga destruyendo los pocos avances en organización social que habíamos alcanzado en los últimos 30 años.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Andrés: Ética y cambio social

Nota del editor (Cornelio): para reunir todas las contribuciones en un solo lugar, me he tomado la libertad de copiar artículos de Andrés a ese BLOG.
Lo que sigue fue publicado en El Nuevo Diario, el 10 de Febrero del 2009.

La ampliación del marco de posibilidades dentro del que funcionan las sociedades latinoamericanas requiere, necesariamente, de la articulación de una ética que sirva de eje normativo para desafiar y subvertir la moralidad social dominante en los países de la región. La responsabilidad de esta tarea recae con un peso, urgencia y obligación especial en los intelectuales que creen en la necesidad de promover un cambio radical en América Latina.
La visión ética que se propone en este libro, parte de una crítica al marxismo latinoamericano dominante y a la sociología de la teología de la liberación; es decir, a la visión sociológica adoptada por la teología de la liberación para promover la transformación de la realidad en América Latina. Tanto el marxismo como la teología de la liberación lograron revelar importantes dimensiones de la realidad social de los países de la región. Al mismo tiempo, contribuyeron a ocultar y hasta a falsificar otras dimensiones.
Este libro trata de rescatar el espíritu crítico y las contribuciones teóricas del marxismo y de la teología de la liberación, aprendiendo de sus errores y tratando de superar las limitaciones interpretativas que en ambas corrientes contribuyeron a crear la condición de crisis y confusión en que hoy se encuentra el pensamiento crítico latinoamericano. Para ello es necesario hacer un “balance de cuentas” con Marx y el marxismo.
Hacer este balance implica asumir el marxismo como un esfuerzo de interpretación y actualización permanente. Esto supone la desacralización y, sobre todo, la recuperación del sentido complejo y profundo del humanismo y del materialismo de Marx.
Una evaluación como ésta, además, supone reconocer que ser marxista no es creer en Marx o en una verdad marxista; es, sobre todo, aceptar las ideas de Marx como una parte importante de la infraestructura teórica que se necesita para entender la realidad social y las posibilidades que ofrece la historia para elevar la condición humana. Más que una fe militante, entonces, el marxismo es una actitud ética y teórica que no requiere de adscripciones partidarias ni de etiquetas. Se puede ser marxista con Marx o contra Marx porque nadie que esté comprometido con la causa de los más débiles y que reconozca el valor de la teoría social como un instrumento de lucha para transformar la realidad, puede ignorar el brillo de su pensamiento.
En este sentido es necesario coincidir con el pensamiento de Octavio Paz, a quien en una entrevista le preguntaron si era posible interpretar la historia ignorando las enseñanzas de Marx. Desde su conservadurismo, Paz respondió categóricamente: “No, no es posible. El marxismo forma parte de nuestra herencia intelectual. Del mismo modo que somos neoplatónicos y kantianos, a veces sin saberlo, somos también marxistas. El marxismo forma parte de la sangre intelectual del hombre moderno”. Paz, sin embargo, advierte: “Aceptar la herencia del marxismo vivo es algo muy distinto a convertirlo en un absoluto, que es lo que han hecho casi todos los discípulos de Marx” (Paz, 1982a).
No reconocer la realidad que condicionó la mente de Marx y, peor aún, asumir que su mente tuvo el poder de capturar la realidad del mundo de hoy –más de un siglo después de su muerte–, es adoptar una visión supersticiosa de la teoría social. Peor aún, asumir que Marx nos eximió de la obligación de enfrentar por nosotros mismos la tarea de hacer sentido de nuestra propia realidad, es caer en la irresponsabilidad, independientemente de los trucos retóricos que usemos para disfrazarla.
El pensamiento de la izquierda del siglo XXI debe ser capaz de teorizar las configuraciones de fuerzas sociales del tiempo en que vivimos tomando del marxismo lo que sea bueno y desechando lo que no sea relevante. La práctica del marxismo como una validación permanente de algunos de los preceptos esenciales en el pensamiento de Marx, es el peor servicio que la izquierda puede ofrecer a una humanidad hambrienta de oportunidades. Esta práctica, además, es el peor insulto que se puede hacer a la memoria de Marx, quien transformó –no veneró– el pensamiento de su época.
Si algo podemos y debemos rescatar del cúmulo de experiencias y conocimientos que ofrece la historia del siglo XX, es que el fin del capitalismo no es inevitable, como han profetizado las voces de la izquierda latinoamericana (ver, por ejemplo, Chándal 2005). La lección que no puede ignorar la izquierda latinoamericana la resume José Natanson en las siguientes palabras: “no hay por delante un horizonte revolucionario, el norte que durante años guió los destinos de la izquierda y que era, en definitiva, un legado de la Revolución Francesa, de su fe en el curso lineal de la historia y el progreso indetenible hasta alcanzar un mundo dorado” (Natanson, 2008, 263).
En el horizonte de la historia del capitalismo, entonces, no hay una puerta que nos espera para salir del laberinto y ganar el cielo en la tierra. Las crisis que vive este sistema siempre pueden terminar siendo el inicio de un capitalismo más injusto y más desigual; pueden ser, entonces, nuevas entradas al infierno.
Nada es inevitable en la historia. Nada está asegurado –ni la revolución, ni el final de la explotación, ni la justicia, ni la sociedad sin clases. El camino que hoy recorremos en estas primeras décadas del siglo XXI no termina en la recuperación del Edén; es un camino que se bifurca en caminos que se bifurcan hasta el fin de los tiempos. No hay, entonces, certezas en este mundo borgesiano sin muros y sin secreto centro. Estamos, como dice Sartre, condenados a la libertad; es decir, solos y obligados a decidir lo que queremos y podemos ser.
No estamos, entonces, predestinados a ser felices ni a gozar de la libertad, la justicia y la igualdad social. Más aún, ni siquiera existe un consenso sobre lo que estos conceptos representan porque ellos no cuentan con un sentido esencial, objetivo y final. Son representaciones discursivas de aspiraciones humanas condicionadas por la realidad del poder dentro de tiempos y espacios determinados. Como tal, estas representaciones pueden ser moldeadas y definidas de mil maneras diferentes.
Luchar por la libertad, la justicia y la igualdad social es, en gran medida, luchar por una definición de estos conceptos. O, más bien, por el enraizamiento de estos conceptos en definiciones que nosotros debemos construir o escoger o rescatar utilizando alguna racionalidad lógica, fe religiosa o convicción secular.

Andrés: Crisis en la izquierda latinoamericana

Nota del editor (Cornelio): para reunir todas las contribuciones en un solo lugar, me he tomado la libertad de copiar artículos de Andrés a ese BLOG.
Lo que sigue fue publicado en El Nuevo Diario, el 2 de Febrero del 2010.
Mi respuesta se encuentra en ese BLOG como Cornelio: Ética, Economía y Marxismo.

Las causas de la crisis de identidad que sufre la izquierda latinoamericana son conocidas e incluyen: el fracaso político y económico del llamado “socialismo real”, la consolidación y cristalización del mercado global, la crisis ambiental y el surgimiento de movimientos sociales y realidades no reconocidas por el vocabulario conceptual del marxismo tradicional. Estos factores también contribuyeron al agotamiento de los movimientos revolucionarios del continente y al fracaso de la revolución nicaragüense en la década de 1980.
La crisis actual de la izquierda puede significar su estancamiento y desaparición como fuerza de cambio. Pero también puede transformarse en el inicio de un esfuerzo para lograr eso que Susana Luminato llama “la ampliación de la racionalidad establecida” y la posibilidad de vislumbrar “realidades emergentes, aún desconocidas” (Luminato, 1994, 32).
Este libro apuesta a la segunda posibilidad: las dudas y la confusión que reinan entre los sectores de la izquierda de América Latina pueden capitalizarse teóricamente. Las crisis son frecuentemente el punto de partida para reformular las preguntas que nos hacemos frente a la vida y la historia. Y si algo necesita la izquierda latinoamericana es, precisamente, eso: nuevas interrogantes que, sin desligarnos del conocimiento de la historia del mundo, nos obliguen a poner nuestra mirada sobre los espacios olvidados de nuestra propia historia. Preguntas e interrogantes que, sin ignorar el pensamiento teórico existente, nos empujen a pensar por nosotros mismos y a partir de la especificidad de nuestra realidad. Preguntas e interrogantes que nos obliguen a prestar atención a la dimensión de la realidad más ignorada por el pensamiento de la izquierda latinoamericana: la dimensión subjetiva de la realidad; es decir, la estructura de valores y significados que definen la cultura y la moralidad social, y la ética, como un eje normativo que sirve para definir la posición de cada persona frente a la moralidad dominante en una sociedad.

Ética y moralidad social

De sobra se sabe que para cambiar la realidad es necesario contar con un pensamiento político revolucionario. Menos discutida es, sin embargo, la necesidad de asentar la articulación de este pensamiento en una ética transformadora.
Una ética transformadora es una posición normativa frente a la vida, la historia y la sociedad, que empuja a los individuos y las organizaciones políticas a luchar para cambiar la realidad existente. Es, en otras palabras, una visión del deber ser que le permite a los individuos y a las organizaciones políticas evaluar la moralidad dominante en una sociedad, así como sus expresiones institucionales. Cuando esta evaluación es negativa, la visión del deber ser puede desarrollarse hasta transformarse en una propuesta o propuestas para la reorganización de la sociedad.
Cualquiera que visite La Chureca en Managua, por ejemplo, puede darse cuenta de que algo funciona mal en Nicaragua. Esta misma persona puede pensar que es posible mejorar el funcionamiento de la sociedad nicaragüense para evitar que haya gente que, para sobrevivir, tenga que comer los desperdicios descompuestos que otros desechan.
Esta misma persona puede decidir luchar contra esta injusticia. Como resultado de esta decisión, posiblemente buscará entender el por qué de La Chureca y al hacerlo, encontrará que el hambre y la indignidad que se manifiesta en el basurero de la capital nicaragüense, forma parte de un sistema organizado: es el producto de una moralidad social y de una manera de estructurar el poder en concordancia con esta moralidad. Encontrará, entonces, que La Chureca no es el producto de la casualidad, sino de la causalidad de un conjunto de variables políticas, económicas y culturales que integran eso que llamamos la realidad de la sociedad nicaragüense.
Lo normativo y lo explicativo, entonces, pueden mezclarse y reforzarse mutuamente. La intensidad con la que el individuo experimenta la necesidad de transformar la sociedad puede aumentar a través de un mejor conocimiento de la organización, distribución y funcionamiento del poder. A su vez, la intensificación de lo normativo puede ser un aliciente para profundizar el conocimiento de la realidad.
Un pensamiento político es, precisamente, un cuerpo teórico que integra las dimensiones normativas y explicativas de la realidad. Más concretamente, es una representación y explicación crítica de la realidad que, apoyada en una posición ética y una visión normativa, sirve para articular estrategias de acción para mejorar el funcionamiento de la sociedad. Reconocer la fuerza creativa del pensamiento no significa caer en la trampa que representan las visiones subjetivistas y voluntaristas de la sociedad y de la historia. Estas visiones no reconocen los límites a la libertad que imponen las estructuras sociales en donde se organiza el poder.
La historia, nos dice Marx, la hacemos nosotros, con nuestra voluntad, con nuestras ideas, con nuestras aspiraciones. Pero la hacemos en condiciones materiales que nosotros no escogemos. Tenemos la libertad de pensar esta realidad de diferentes maneras, pero no podemos escapar a ella. Podemos articular diversas respuestas a esta realidad, pero no podemos despegar los pies de la tierra, ni la mente del cuerpo que vive enraizado en la cruda facticidad de su existencia.
Las ideas, incluyendo las que sirven para elaborar una posición ética frente a la realidad existente, están enraizadas en las condiciones materiales en que vivimos. Forman parte de una totalidad, lo que de acuerdo a Lukács obliga a reconocer “la supremacía del todo sobre las partes” y no simplemente “la primacía de lo económico” (Lukács, 1972, 27). La mente con la que construimos estas ideas, es una “mente encarnada”; es decir, no es una fuerza que flota sobre la realidad material de la sociedad; está inserta en esta realidad; responde a esta realidad; refleja esta realidad; está condicionada y limitada por esta realidad (Merleau-Ponty. 1964a, 3-11).
*Extracto del libro La Subversión Ética de la Realidad: Crisis y Renovación del Pensamiento Crítico Latinoamericano (2009), publicado y distribuido por el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA) de la Universidad Centroamericana (UCA).

Andrés: ¿Presentaciones académicas o matraca politiquera?

Nota del editor (Cornelio): para reunir todas las contribuciones en un solo lugar, me he tomado la libertad de copiar artículos de Andrés a ese BLOG.
Lo que sigue fue publicado en El Nuevo Diario, el 22 de Diciembre del 2009.
Mi respuesta se encuentra en ese BLOG como
Cornelio: Economía, Ética y Política.

En sus contestaciones a mi artículo del 7 y del 8 de diciembre del corriente año, Antonio Lacayo y Arturo Cruz Sequeira evitan hacer referencia a las contradicciones que yo señalé en sus presentaciones en Washington (ver END 9/12/09 y 15/12/09). De todas formas, sus escritos sirven para confirmar que llegaron a la capital estadounidense a presentar la idea de una alianza antidanielista, compuesta por “políticos tradicionales” como Alemán, y “modernos” como Montealegre y Lacayo. Esta alianza tiene nombre y apellido, como se desprende del uso de las mayúsculas en el artículo de Antonio Lacayo, cuando se refiere a ella como la Gran Alianza Nacional. Lacayo, entonces, confirma el intento de crear la GUN, la pistola de la derecha nica, con la asesoría de un miembro de Incae.
Lo único nuevo que ofrecen las respuestas de Lacayo y Cruz Sequeira, es la defensa que hace el primero de la naturaleza “académica” de sus presentaciones en Washington. “La invitación [del Diálogo Interamericano]”, dice Lacayo, era de índole académica”. No se trataba, agrega, de “un lanzamiento político”.
¿En qué se diferencia una presentación académica de una perorata politiquera?
Una presentación académica tiene como objetivo difundir y crear conocimiento, y se rige por normas diseñadas para trascender los límites y las distorsiones de las opiniones. El conocimiento se sostiene en evidencias y en la articulación lógica de los argumentos que se usan para hacer sentido de la realidad. Una opinión, por el contrario, expresa una visión acrítica de la realidad basada en intuiciones, inclinaciones personales o, simplemente, prejuicios. En este sentido, las opiniones pueden calificarse como pre teóricas, si por teoría se entiende el esfuerzo que hacen las ciencias naturales y las ciencias humanas para sistematizar y evaluar críticamente la búsqueda y construcción --siempre imperfecta e incompleta-- de la verdad.
La diferencia entre el conocimiento y las opiniones es muchas veces tenue. Sin embargo, la lucha por respetar y mantener la diferencia entre ambas es crucial para la promoción y defensa de eso que llamamos la verdad. En las ciencias humanas, además, el mantenimiento y la defensa de esta diferencia es necesaria para promover un discurso político crítico y reflexivo que contrarreste el discurso demagógico que impera en países como Nicaragua.
A partir de lo anterior, podemos decir categóricamente que las presentaciones que hicieron Cruz Sequeira, Lacayo, Montealegre y Aguirre Sacasa en Washington no fueron académicas. Fueron políticas, y, más claramente, politiqueras.
Cuando se politiquea se puede distorsionar el sentido de las palabras y decir, como lo dijo Lacayo en su presentación, que en las elecciones de 2006, “Ortega no ganó” sino que “los liberales decidieron perder”. En una presentación académica, este jueguito discursivo es inadmisible, porque irrespeta el sentido de las palabras y distorsiona la realidad. Ortega ganó, y los liberales no decidieron perder sino que perdieron.
Se puede --y se debe-- cuestionar la legitimidad de la victoria de Ortega en las elecciones presidenciales pasadas. Lacayo lo pudo haber hecho hablando con seriedad y explicando, entre otras cosas, la capacidad que mostró el danielismo para manipular las instituciones del Estado; el fracaso de la oposición para detenerlo; y, sobre todo, las razones por las cuales Ortega obtuvo el apoyo de un 38% de la población. Al abandonar la palabra fácil y entrar en un tipo de razonamiento donde no se aceptan los dicharachos caseros, Lacayo hubiese tenido que terminar aceptando la responsabilidad que tiene la derecha que él representa en el triunfo de la izquierda corrupta que hoy gobierna nuestro país. Veamos otro ejemplo de la diferencia entre una presentación académica y otra politiquera.
En un mitin político, o en una mesa de tragos, Lacayo puede reclamar el derecho a decir, como lo dice en su contestación a mi artículo, que los que participaron en la reunión del Diálogo Interamericano viajaron a Washington inspirados en el ejemplo de Madre Teresa; o que ellos no eran ni son de izquierda o de derecha, sino, simplemente, nicaragüenses que aman a su país y que buscan la unidad. En una discusión académica, este tipo de discurso hubiera movido a alguien a exigirle no ofender la inteligencia de los participantes. Lacayo tendría que saber que toda organización política está motivada por intereses; que los intereses dominantes en una coalición marcan su orientación social; y que ésta puede calificarse de izquierda o de derecha, dependiendo de la centralidad que se le asigne a la solución de los problemas de los pobres y marginados de un país como Nicaragua.
La presentación de Cruz Sequeira: más de lo mismo.
En una presentación académica seria, Cruz Sequeira no hubiese podido ofrecer, como si se tratara de una verdad incontestable, la idea de que para transitar exitosamente hacia la democracia, el PIB de un país “debe fluctuar entre 3 y 6 mil dólares”. Cruz se ampara en el libro de Fareed Zakaria (The Future of Freedom, 2003), para hacer esta aseveración ultrareduccionista.
Cualquiera que lea el libro de Zakaria --que Cruz no leyó bien--, se dará cuenta de que su autor no usa este dato para argumentar lo que con tanta seguridad y sencillez argumenta Cruz. Zakaria, como todo buen académico, es cuidadoso y matiza sus aseveraciones. Señala que, “aun contando con el conocimiento histórico más profundo, es imposible predecir cuándo un país puede democratizarse”. Y agrega: “Esto depende de una mezcla de elementos históricos que son propios de cada país” (p. 71).
Si aceptamos lo que dice Zakaria, tendríamos también que aceptar que lo que tenemos que hacer los nicaragüenses es definir y estudiar los elementos históricos que en nuestro país han impedido la democracia y el desarrollo. De hacerlo, llegaríamos a la conclusión de que uno de estos elementos ha sido la insensibilidad social y la colosal pereza mental de nuestras elites, que no paran de imitar y mal copiar lo que otros dicen, sobre todo si lo dicen en inglés y, más aún, si lo expresan en una fórmula o indicador que podemos usar sin vernos obligados a pensar.
El mismo Zakaria reconoce que la calidad de las elites y del liderazgo político con que cuenta una sociedad, son elementos esenciales en cualquier proceso de transición y consolidación democrática. También señala como necesaria, algo que nosotros tampoco tenemos, por obra y gracia de la izquierda corrupta y de la derecha insensible que controlan el país: una estructura efectiva de derechos ciudadanos que permita a los nicaragüenses defenderse de los abusos de los que los gobiernan. Sigamos con otro ejemplo.
En un chinamo, uno puede tomarse un trago y levantar la voz para decir lo que dijo Cruz Sequeira en Washington, cuando pontificó que la sociedad nicaragüense está dividida en un sector de votantes tradicionales que practican “la política de emociones”, y un sector moderno, donde supuestamente se practica una política “racional”. En una presentación académica, alguien le hubiese explicado que la separación que él hace entre la “razón” y las “emociones” forma parte de una psicología y de una sociología obsoletas. Las ciencias cognitivas, las ciencias sociales y la filosofía muestran hoy que toda acción es a la vez racional y emocional, porque la mente, como dice Maurice Merlau-Ponty, es una mente encarnada en cuerpos que responden racional y emocionalmente frente a la realidad. Hablamos de emociones y de la razón, como si se trataran de facultades separadas, por razones meramente analíticas, y, sobre todo, por las limitaciones del lenguaje. En la realidad, sin embargo, ambas cosas son inseparables y forman parte de la experiencia que significa ser humano.
Cruz y Lacayo arrogantemente asumen que sus experiencias de vida son racionales, y que las de los que votan por el FSLN son emocionales. Esta posición se basa, simplemente, en una opinión. Es, para decirlo más claramente, un irresponsable tapazo que denota los prejuicios sociales y el sentimiento de superioridad de los que controlan el poder o sienten que tienen el derecho a controlarlo. Recordemos que, en muchas ocasiones, los estadounidenses y los europeos nos han calificado a los latinoamericanos como seres emocionales e irracionales. Recordemos que nosotros, los hombres, hemos usado estos mismos adjetivos para menospreciar a las mujeres.
La calma con la que reaccionan Lacayo y Montealegre frente a la realidad nicaragüense no es una virtud “racional”. Se puede ser muy paciente y elegante frente a la miseria y a la desigualdad que impera en nuestro país, cuando no es nuestra hija la que no puede ir a la escuela; cuando no es nuestro hijo el desnutrido; o cuando no es nuestra madre o hermana la que se prostituye en una esquina de Managua. Mientras la oposición al orteguismo no entienda esto, Nicaragua seguirá partida en dos, y la guerra, la violencia y los exilios seguirán lloviendo sobre nosotros y sobre nuestra descendencia. No importa en qué mansión nos escondamos.
Y mientras la gente honesta del FSLN no se deshaga de los corruptos que controlan este partido, los pobres de Nicaragua vivirán expuestos al regreso al poder de los Lacayo y de los Montealegre. Las contradicciones que genera la cleptocracia gobernante alimentan el poder de la derecha que estos dos políticos representan.
Para poner fin al ciclo destructivo en que la derecha insensible y la izquierda corrupta mantienen al país, es necesario crear nuevas alternativas, con nuevos rostros, nuevas visiones y nuevas sensibilidades. A nosotros, los de mi generación, sólo nos queda pedirle perdón a la juventud nicaragüense por la ruina social y la bancarrota moral que le hemos heredado.

lunes, 8 de febrero de 2010

Cornelio: De la ciencia a la fe – de Marx a Lenin

Analizando el proceso de la industrialización en Inglaterra, Marx descubre que en la Inglaterra de sus tiempos el desarrollo industrial y de la infraestructura ya no lo empujaban los fabricantes, los artesanos y los agricultores -tal como lo había descrito Adam Smith medio siglo anterior- sino aquellos con el poder de dirigir los flujos de capital, en particular los bancos pero también personeros con gran capacidad de inversión en capital líquido. Hoy en día nadie serio en las Ciencias Económicas -en particular en las teorías financieras- pone en duda la primicia de este aporte de Marx ni tampoco la validez del mismo.

En los tomos II y III del Capital Marx analiza cómo el capital se orienta solo por maximizar sus ganancias. Esto puede alcanzarse en una gran variedad de formas, no solamente por la inversión productiva, sino a veces mucho mejor en negocios financieros -en su tiempo negocios en acciones y créditos, letras de cambio y pagarés-, pero -al estar desvinculados de la producción y del consumo real- tales negocios terminan en crisis periódicas e inevitables, primero financieras pero después con consecuencias graves para la producción real.

Pues bien la reciente crisis financiera ha comprobado una vez más que Marx estaba en lo cierto. Vale la observación, que en la Nicaragua de hoy la mayor parte del crédito se va a consumo, comercio y letras públicas -97.13% del volumen en la Bolsa de Valores-, no a la producción ni al agro, pues los primeros soportan tazas de interés que no brinda ninguna actividad productiva, por ésta razón el clamor por el banco Produzcamos.

En las perspectivas como las pintaba Marx, él vio la reducción de la producción artesanal y de la agricultura a pequeña escala o de subsistencia, y por el otro lado el crecimiento del trabajo asalariado y de grandes acumulaciones de capital en forma de sociedades anónimas; vaticina por tanto una tendencia que al final sobrevivirían solamente dos grupos: los que trabajan como asalariados -los proletarios- y los dueños de los grandes capitales -los capitalistas-, eso sí solo -como no se cansa a subrayar- si se dejara el desarrollo de la economía completamente a sus fuerzas propias, es decir sin intervención política en el más amplio sentido de la palabra.

En cierta medida tuvo razón, pues en los países de alto e intensivo desarrollo económico, el 70% y arriba de la población económicamente activa se gana la vida como asalariados, incluyendo a los profesionales, mientras la actividad económica a cuenta propia casi ha desaparecido. Al otro extremo según el propio Banco Mundial el 10% de los más ricos del mundo se queda con más que el 50% del ingreso mundial.

Marx toma como un hecho irreversible la democracia burguesa inglesa de sus tiempos, las libertades elementales como de prensa, opinión y creencias, el estado de derecho, las elecciones periódicas limpias de partidos por voto secreto -aunque solamente para varones-, pero también la creciente capacidad de los obreros a organizarse y ejercer presión, no solamente en las fabricas sino también en la política misma, como en la legislación contra el trabajo infantil, la limitación de la jornada de trabajo, las urbanizaciones obreras, la salud pública o el trato arancelario de la importación de trigo, vital para el coste de vida de los obreros, todos logros muy distantes a la realidad de Europa Occidental Continental de su tiempo y dicho de paso todos temas no resueltos en la Nicaragua de hoy.

Preguntado porqué no teorizaba sobre la realidad continental, contesta que a él le pareciera perdida de tiempo analizar lo ya obsoleto, más aún cuando la misma lógica económica ya establecida en Inglaterra mas temprano que tarde iba a empujar irremediablemente a la misma democracia burguesa también allá, no en forma automática sino tanto en Inglaterra como en el Continente por las organizaciones políticas vinculadas con la clase obrera como motor del desarrollo democrático-social. Concluye sin embargo que tales cambios no iban a ser suficiente para romper la lógica de capitalismo, sino que se requería de una verdadera revolución en lo económico, lo social y lo político para alcanzarlo.

Los conceptos de Marx estaban fundamentados en un análisis muy detallado de las circunstancias de su tiempo en el país en aquel tiempo más avanzado en la industrialización y -dicho de paso- el más avanzando país en libertades civiles de Europa. Muchos de los conceptos económicos son hoy parte establecida sin rebatirse de las Ciencias Económicas. Sin embargo de antaño ni los conceptos económicos, ni por tanto tampoco los conceptos sociales o políticos eran aptos para aplicárselos así no más al país más retrasado de Europa -mejor dicho medio europeo, medio asiático- Rusia.

Ahí el problema no era como llegar a una distribución más justa de las riquezas producidas por la industrialización sino como desencadenar ésta última. El problema del agro no era la sustitución de una agricultura de alimentos por una de lana, importándose los primeros desde las colonias, ni el desplazamiento de la población rural hacia las ciudades eliminándose la economía de subsistencia, sino millones y millones de personas en el campo en condiciones miserables de servidumbre, condiciones las que en Europa occidental la Revolución Francesa, las guerras napoleónicas y sus posteriores ya las habían erradicado.

La necesaria re-interpretación de Marx la hace Lenin, solo que ésta re-interpretación tiene tanto que ver con Marx como los folletos de los Testigos de Jehová con la Biblia: a veces las mismas palabras y frases, pero definitivamente conceptos diferentes. De ejemplo el role del proletariado para Marx resultó de la realidad misma, mientras Lenin lo convierte en dogma de fe, para Marx no hay revolución automática, para Lenin se vuelve promesa de salvación. No obstante Lenin quiso enfrentar un problema real, que sigue real para países como Nicaragua: condiciones de vida infrahumanas para las mayorías, las que sin cambios profundos en lo económico, lo social y lo político no se puede resolver.

El intentó de Lenin fracasó como fracasó el intento de trasplantar las recetas de Friedman, Reagan y Thatcher, Clinton y Blair, el tristemente famoso neoliberalismo. Hace falta algo apropiado y por tanto propio.

Véase tambien: Robert Kurz Las Lecturas de Marx en el Siglo XXI, Andrés Perez Baltodano: Ética y cambio social

miércoles, 3 de febrero de 2010

Cornelio: Ética, Economía y Marxismo

Andrés Pérez Baltodano nos repite como causas para la “Crisis de la Izquierda Latina” lo que con las mismas palabras -antes del cerca-al-colapso de los mercados financieros y la subsiguiente crisis económica mundial, pero después de la caída del muro del Berlín- ya se dijo sobre las causas de la crisis de la Izquierda Europea: “el fracaso político y económico del llamado socialismo real, la consolidación y cristalización del mercado global, la crisis ambiental y el surgimiento de movimientos sociales y realidades no reconocidas por el vocabulario conceptual del marxismo tradicional.”

Nos recomienda a complementar-completar lo que él entienda como Marxismo tradicional diciendo que “para cambiar la realidad es necesario contar con un pensamiento político revolucionario. Menos discutida es, sin embargo, la necesidad de asentar la articulación de este pensamiento en una ética transformadora.”

Hay una otra lectura del fracaso mismo del modelo leninista (o del socialismo real) en qué Lenin y seguidores precisamente convirtieron los conceptos muy concretos de Marx sobre la economía -en particular la economía capitalista- en una ética transformadora totalmente abstracta para así normativamente legitimar a la dictadura de los partido-burócratas, y a la vez completamente ajena a las aspiraciones concretas de las mujeres y de los hombres en el hoy, intentando a consolarlos con el paraíso cercano, pero hasta el mañana nunca de las próximas generaciones.

Esta ética transformadora fracasó en primer instancia en el campo económico, o sea resultó incapaz a aprovechar plenamente los recursos tanto naturales como humanos a tal que -y con toda justificación- mujeres y hombres perdieran cualquier confianza en que por ese camino se iba a llegar al reino de la libertad, opuesto al reino de la necesidad dictada por la supervivencia de día en día, mes en mes, año tras año, reinos opuestos de los cual ya habló tan enfáticamente Marx.

Aparentemente el capitalismo produce más oportunidad y libertad -para al menos los que viven en sus confines respectivamente sus capas superiores-, ¿porqué entonces seguir por ése camino aparentemente menos eficiente y efectivo? Dicho de otra forma la dinamita, que despedazó al llamado bloque socialista, fue la economía no la ética, y está por verse hasta donde los partidos sobrevivientes de China y Vietnam puedan jugar con ella sin que se les caiga su casa encima.

Para las Izquierdas de los países ricos hay un segundo problema no menos sin solución: el modelo de nivel de vida y consumo de estos países no es extensible, o sea si solo el 30% de la población de la India y de China aspirara al mismo modelo con el mismo despilfarro de recursos naturales, el planeta no lo sobreviviera ni medio siglo: no hay tanto pa' tantos. ¿pero quién va a renunciar con entusiasmo a lo que ya tiene como un derecho adquirido después de largas luchas? Esa izquierda se quedó sin mucha causa propia mientras causa ajena -la del otro 70% de la humanidad- tiene efectos movilizantes pero muy limitados.

Ahora bien aún pudiera aducirse que la izquierda marxista latina fracasó por falta de una ética transformadora adecuada. Yo lo dudo profundamente, sino igualmente -más allá de importar normativas desde Moscú y afines- no tenía ni tiene concepto económico efectivo alterno tampoco, de la practica desastrosa ni hablar. Ciertamente los Gobernantes de Cuba mantienen en alto principios éticos, incluyendo la solidaridad para con los demás, más sin embargo su agricultura colapsó -como ellos mismos reconocen no por el bloqueo, sino por la incapacidad propia de sostener y desarrollarla-, a tal que hoy la isla viva de las remesas enviadas por los traidores, de los servicios que se presta como turismo a la “clase trabajadora” de los países ricos y por ende de la exportación de mano de obra altamente calificada, sea en persona sea en forma de Zonas francas. Con todo respeto -hasta con toda admiración- ningún modelo muy atractivo para las mayorías latinas fuera de Cuba. Mejor hay que irse directamente mojado a los EE.UU. para vacacionar desde ahí en Cuba.

A no ser que Andrés nos quiere sugerir que los habitantes y gobernantes en los países ricos -incluyendo los que dirigen la economía- tengan niveles éticos superiores -¿cómo si todo el mundo allá vive a cuenta nuestra?- y por ésta razón allá haya menos miseria y más educación, salud etc... que de ejemplo en la Chureca acá, me permito insistir que el problema nuestro es en primer instancia un problema de conceptualización económica -y practica económica por supuesto-, es decir encontrar formas de producir, gobernar y vivir tal que las mujeres y niñas, los hombres y niños reales tengan condiciones mínimas para no ser esclavos de las necesidades de la mera supervivencia, a la vez, así al menos parcialmente liberados, para desarrollar sus capacidades humanas en beneficio propio y de otros.

Dicho de otra forma, mientras ella no da respuestas económicas concretas qué, cómo y dónde producir, una pura ética transformadora en el aíre sin fuerte sostén en la economía real se vuelve pura tormenta en las cabezas, una observación que ya hizo el viejo Carlos Marx una y otra vez .. y más que válida hasta nuestros días.

vease también: Onofre Guevara Un libro que invita al debate

viernes, 8 de enero de 2010

Cornelio: 490 años – la Destrucción como Modelo de Desarrollo

Cuando más o menos por el año 1520 un poco más que un centenar de españoles había terminado la conquista de la parte pacifica y central del territorio, que hoy conocemos como Nicaragua, impusieron en forma de organización social y tipo de productos la agricultura tal como la conocieron de las tierras cálidas pero en lo general secas de Alta Castilla y Extremadura. Fue este cambio más que cualquier otra acción o medida que redujo en menos que 30 años la población indígena de más que medio millón a menos que 10,000, tal como lo documentó hace algunos años el historiador Patrick Warner en base de un minucioso análisis de los informes en el Archivo de las Indias sobre parroquias, feligresía y el décimo entregado, tanto en volumen como en composición. Tal fue el descalabro, que le sirvió a Bartolomé de las Casas como ejemplo principal para sustentar su demanda por una nueva legislación para las colonias. Nicaragua tardó más que 400 años para recuperarse, pues aún en el censo de julio del año 1906 se contabilizaron solamente 501,849 habitantes. Y el trauma sigue presente en la memoria colectiva.

Del siglo XIX por acá hubo primero el despale de la zona pacífica, la destrucción de los pinares del Atlántico norte más la destrucción de las tierras para extraer el aceite de los raíces de arboles ya antes cortados, el desplazamiento de la producción de granos a las laderas de la zona central -hoy completamente despalados-, la “colonización” de Nueva Guinea -hoy con más que 80 mil habitantes uno de los municipios grandes del país, hace 60 años pura selva tropical virgen-, la expansión de la ganadería en Boaco y Chontales y después, usando como punto de partida las viejas bases militares, en las zonas limítrofes de las regiones autónomas con un empujón proporcionado por la desmovilización de Contra y Ejercito, cuando se entregó masivamente títulos por carecer de otros estímulos económicos pero sin tener la capacidad para una agricultura moderna intensiva. Todo este proceso andaba acompañado por la desertificación de las respectivas áreas y su contaminación con herbicidas y pesticidas. Los efectos redujeron dramáticamente los niveles de ríos como del Río Coco y del Río ya no tan grande de Matagalpa, secaron centenares de riachuelos y quebradas y redujeron los afluentes regulares de Xolotlan y Cocibolca, incrementando a la vez el peligro de inundaciones subidas por falta de capacidad de retención de las tierras desnudas.

Aún cuando sobran experiencias propias de lo destructivo de la mera expansión de la agricultura en granos y ganadería extensiva, al parecer todo el mundo apuesta a la auto-destrucción del país por medio de la agricultura extensiva como modelo de desarrollo. Que otra explicación hay para la constante demanda -y la subsiguiente promesa- de mejorar y expandir las vías de acceso rural, cuando se sabe -tanto de experiencia en Nicaragua misma como en Amazonia- que tal expansión y tales mejoras solo empujan la frontera agrícola del tumbar-rozar-quemar, ocupando después la ganadería extensiva los mismos territorios para su remate. Cómo se piensa empujar la ganadería de doble propósito solo construyendo mataderos y centros de acopio, mientras se sabe al mismo tiempo que los niveles de productividad y reproducción de Nicaragua no llegan ni al 50% de Costa Rica, a no ser que se piensa en tumbar aún más selva, siendo Bosawás solamente la cima de un tempano mucho más grande. ¿Sea que todos piensen como los arroceros industriales de riego del Atlántico? Cuando mi hijo, contratado como Ingeniero en Agro-producción, los hizo saber que por sus métodos deficientes de riego sin drenaje adecuado iban a quemar la tierra en menos que 4 años, le contestaron que no había que preocuparse tanto, pues podrían simplemente moverse por unos 10, 20 kilómetros y ya había otra tierra nueva de sobra.

Lo fatal: el consenso nacional e internacional hacia la destrucción como modelo de desarrollo, pues programas alternos centrados en las ciudades y los municipios para crear ahí alternativas productivas fuera del agro casi no hay. Lo poco que hay es más fruto de los vaivenes de la maquilla internacional que resultado de una política industrial nacional. Los programas de éste gobierno -como de los anteriores- apuntan a expandir la agricultura tradicional de inicios del siglo XX -café, granos, ganadería- en lugar de -al menos- promover formas alternas de frutales, horticultura y silvicultura. Faltan cambios de modelos de producción y tecnología, antes de crear solamente cadenas de acopio y mercado. Del modelo “Hambre Zero” como apoteosis de la economía de la subsistencia ni hablar. En lugar de promover la industrialización nacional de la madera, se promueve desde adentro y afuera, desde arriba y abajo, solamente la extracción y el procesamiento menos que artesanal en muchas ocasiones. En fin para salvar al país se debe re-concentrar a la población promoviendo activamente la migración hacia la ciudad y no dispersarla cada día más.

¡Ojo! El eco-colapso de Nicaragua entre 1520 y 1548 redujo la población a menos del 10% en menos que 30 años. ¿se quiere repetir la misma experiencia, 500 años más tarde? Si Nicaragua colapsa entre 2020 y 2048 como colapsó entre 1520 a 1548, será hasta en el año 2420 que habrá otra vez 6 Millones habitando éstas tierras. Sin cambio del rumbo de 490 años ya como país -no solamente como gobierno- Nicaragua colapsará.