lunes, 11 de octubre de 2010

Cornelio: Capitalismo romántico

Al volver Nicaragua de golpe a un sistema de “Libre Empresa” y “Libre Mercado” en 1990, se habían acumulados varios elementos formando una tormenta perfecta: la economía estatizada de guerra ya sin fondos ni subsidios externos, el colapso de la agro-industria incipiente en base del algodón -desde insumos hasta hileras, telares, textileras y aceiteras-, la obsolescencia en maquinaría y métodos de producción de las otras pocas industrias, que se habían instaladas antes -bajo el esquema de la sustitución de importaciones, muy de boga a finales de los 60 e inicios de los 70- y al final una infraestructura energética sin cambios en la matriz energética, cambios que los otros países de Centroamérica habían implementado ya en los 80 como respuesta al primer crisis y la subsiguiente explosión de los precios del petróleo de los años 72 y 73, pero donde Nicaragua no llegó más allá de los estudios de pre-factibilidad por el último gobierno Somoza-Debayle.

La respuesta a esa situación muy particular de Nicaragua fue un recetario estándar del BID, BM y FMI llamado el “Consenso de Washington”, es decir la privatización de las empresas, pero en ruinas, la prohibición -me consta- de inversiones públicas en energía y telecomunicaciones más la desregulación unilateral del comercio exterior a tal grado que ya no quedó casi nada para “liberalizarse” después, cuando se firmó el Tratado de Libre Comercio con los EE.UU. Se renunció al vez a una política industrial proactiva, más allá de buscar inversionistas. Se apostó a un milagro a realizarse por las fuerzas de libre mercado, de la libre empresa y del libre flujo de capitales.

No era solamente imposición externa, puesto que a lo interno un role más activo del estado en la economía había quedado desacreditado dos veces: primero por los Somoza, que lo usaron para enriquecerse a si mismo, y después por la cúpula Sandinista, que lo usaron para expropiar primero e igualmente -en la piñata- para enriquecerse ellos mismos después. Hasta hoy día persiste un consenso aparente entre todos los actores, en que el papel del estado se deba limitar a resguardar el balance de las cuentas nacionales -la famosa estabilidad macro-económica- y en lo demás se confía de que en condiciones propicias por su libre y espontanea voluntad los capitales nacionales y externos respondan con un milagro económico, algo que yo llamo Capitalismo romántico, pues no funciona así ni nunca ha funcionado así.

En el modelo inglés del capitalismo incipiente se explota al campo y a las colonias, pero lo obtenido se invierte para crear y sostener inicialmente a las manufacturas e industrias en las ciudades. La Francia absolutista  intenta a imitar el mismo modelo, provocando la Revolución Francesa. Más tarde lo asume Alemania en el segundo tercio del siglo XIX. Sin los excedentes gigantescos en la producción agrícola del oeste-central y del sur, en los Estados Unidos tampoco hubiera habido en el noreste el crecimiento rápido de las industrias de acero y carbón, seguidas por las industrias de maquinaria, química y textil. También primero Lenin, y después con fuerza y represión brutal Stalin implementaron ese modelo como Capitalismo del Estado. Al fin todo hace indicar, que la China continental contemporánea le sigue al mismo modelo: el campo proporcionando con muchísimos sacrificios los alimentos y la mano de obra baratísima para la industria incipiente de las ciudades. En contraste, la explotación del campo y de las colonias en el modelo colonial español siempre servía solo para sostener el consumo importando, nunca para acumular con fines de producir.

De esa relación compleja y particular, a Nicaragua se trasplantó solamente una vulgarización romántica de algunos de sus principios, como recopilado por primera vez por Adam Smith. Eliminadas todas las consideraciones de Smith en cuanto a la importancia de ciencia y tecnología para el diseño, la organización y el desarrollo de la producción manufacturera e posteriormente industrial, se quedaron solamente iconos, como el Libre Mercado como mecanismo de auto-regulación para Libres Empresas, empujadas por competentes e intrépidos emprendedores, quienes día y noche inventan nuevos productos buscando formas mas eficaces y eficientes para producirlos. En el camino se olvida, que Smith lanzó su concepto del Libre Mercado menos contra la intervención estatal sino más bien en aras de garantizar mercados limpios sin fronteras comerciales lo suficientemente grandes para facilitar economías de escala en base de ventajas comparativas, mensaje que si captaron los Alemanes y los Mexicanos ya del Siglo XIX, eliminando las fronteras comerciales internas, pero no los Centroamericanos ni del Siglo XXI.

Marx en la segunda mitad del siglo XIX complementa el modelo, al mostrar que la competencia en el mercado entre los fabricantes por el mejor producto al menor precio es una cosa, y el afán del capital -libre y disponible para cualquier inversión o producción- de maximizar su rendimiento y los efectos de tal afán son otra, resultado de un análisis profundo, que ni el más feroz anti-marxista entre los economistas contemporáneos serios pone en duda, mucho menos después de la reciente y aún no superada crisis de origen puramente financiero. En la vulgarización romántica esa relación compleja entre capital y producción material se reduce a las necesidades respectivamente a la oferta de financiamiento para la inversión y para el capital de trabajo, sin preguntarse mucho quiénes en cuáles condiciones compitan por esa oferta ni tampoco quiénes a cuáles condiciones la hagan ni que otras alternativas ellos tengan para colocar su capital.

Los “malos” capitalistas no le cumplieron a Nicaragua. Siempre, me temo, era solo un cuento de hadas. Ni quiera el territorio de la EX-RDA ha llegado aún al mismo nivel de producción y del aporte de los sectores productivos como lo había antes de su integración en 1990 a Alemania Federal, a pesar de niveles de educación a siglos superiores a Nicaragua y miles de millones de euros en inversiones públicas y privadas en infraestructura energética, vial y de telecomunicación.  

En Nicaragua se sustituyó -con apoyo y presión activa de BID y BM- a los monopolios públicos en distribución de energía y en telecomunicación por casi-monopolios privados, donde ambos gastan más en mercadeo y publicidad que las entidades de regulación -sus contralores-supervisores- tienen como presupuesto anual. Se apostó a la inversión extranjera directa, que solo viene mientras pueda explotar la mano de obra barata para llevarse en suma más que lo invertido, pues a diferencia a mercados grandes -como Brasil, India, Rusia o China- no hay ni en Centroamérica en conjunto mercado suficiente para vender localmente mejor en base de producción local. El bisne en la generación de energía consistía hasta hace poco solo en la venta del carburante,  en su distribución y en telecomunicación desde rato se recuperó la inversión inicial en base de precios monopólicos.

Se despilfarró centenares de millones en la farsa de una industria de capacitación en lugar de crear empresas y asociaciones de empresas capaces. Se sembró una oferta parasitaria de micro-financiamiento, la que descapitaliza a los beneficiarios en lugar de capitalizarlos o a sus asociaciones. Se busca anualmente al micro-empresario y a la micro-empresaria más audaz -y los hay, sin la menor duda-, pero olvidándose que un mercado enano da espacio solamente para empresas enanas. La entrada a mercados internacionales grandes requiere de inicio de volúmenes, de logística y de inteligencia de mercados externos, que los micro-fabricantes solo formando carteles de exportación puedan alcanzar, produciendo organizados en parques industriales compartidos, donde hoy están los galerones de la maquilla. Para nuestros capitalistas románticos todas las alternativas posibles eran y son propuestas del mismo diablo, por su carácter supuestamente anti-mercado libre.

Por tanto, en lugar de avanzar, Nicaragua involucionó, regresando al modelo económico colonial de antes del algodón, a la agro-exportación tradicional para financiar el consumo parasitario de la ciudad al precio de devastar al país entero.