miércoles, 12 de agosto de 2009

Andrés: Construir lo que significa ser nicaragüense

Estimado Cornelio,

creo que finalmente hemos empezado a conversar sobre nuestras experiencias transculturales. Para hablar de la mía quiero hacer referencia a lo que señalás en tu escrito sobre los conceptos de “Estado-Nación”, “bien común” y “voluntad general”. Quiero, especialmente, referirme a la desconfianza que esos conceptos te producen.

Tu desconfianza demuestra, una vez más, que lo que pensamos tiene raíces en la materialidad que nos ha tocado vivir. Nuestras mentes, para repetir lo que hemos señalado varias veces, son mentes encarnadas en cuerpos que habitan un espacio y un tiempo determinado.

La historia alemana te hace desconfiar de cualquier expresión colectiva e institucional de lo social, sobre todo de aquellas que se consolidan en términos que tienen un sabor totalizante como “el Estado” o “la Nación”. Yo creo que las razones de esa desconfianza son válidas y deben tomarse en cuenta. La historia muestra cómo esos conceptos pueden transformarse en ideas que pueden aplastar la individualidad, la dignidad y hasta la vida de las personas.

Es necesario, sin embargo, recordar que conceptos como “Estado Nación”, “bien común” y otros, también pueden utilizarse para hacer referencia a condiciones u objetivos sociales que pueden ser justos, útiles y hasta necesarios. También es importante recordar que el sentido de los conceptos cambia con el tiempo y que pueden ajustarse a los valores y las necesidades de una sociedad como Nicaragua, como Canadá, o como la Alemania actual.

La idea del Estado Nación, por ejemplo, tuvo inicialmente un sentido unidimensional que aplastaba la diversidad. Así, la nación era percibida como una entidad natural fundamentada en características como la raza, la lengua, la religión y otras. Esta idea escondía y anulaba cualquier divergencia con relación a los patrones dominantes impuestos, naturalmente, por los que controlaban el poder del Estado.

Esta visión esencialista de la Nación ha sido superada por una visión política de la misma. En la actualidad, la Nación es definida como una entidad política compuesta por personas que comparten una identidad legal que se traduce, fundamentalmente, en un conjunto de derechos y obligaciones comunes. No es, entonces, una unidad natural, sino una unidad construida políticamente. En condiciones democráticas, ésta unidad tendría que ser capaz de integrar y balancear los derechos y las obligaciones de los diferentes sectores y grupos que forman parte de una sociedad nacional.

Igual cosa sucede con el concepto del “bien común”. Esta idea no debe glorificarse, como tiende a hacerlo el discurso liberal; pero tampoco debe trivializarse o ignorarse. El bien común expresa una visión y una moralidad social que, al hacerse dominante, se materializa en un balance de poder que puede significar la diferencia entre la vida y la muerte para muchas personas. Así, por ejemplo, a pesar de las limitaciones sociales, políticas y económicas que sufren las comunidades indígenas en Canadá, sus miembros gozan de mayor protección contra el poder coercitivo del Estado, y contra las injusticias y las arbitrariedades del mercado, que los pueblos indígenas de un país como Guatemala. La diferencia en estos dos casos la determina, fundamentalmente, el nivel y la efectividad relativa de los derechos ciudadanos en los que se expresa y se hace operativa la idea del “bien común” en cada sociedad. Esta idea expresa una voluntad y un esfuerzo político. No baja del cielo, ni lo crea mecánicamente “la Historia”.

La idea de la Nación como una comunidad política que se organiza alrededor de una visión políticamente construida del “bien común” y que se enmarca dentro de un conjunto de derechos y obligaciones compartidas, la logré apreciar viviendo en Canadá y, especialmente, en Toronto, la ciudad donde resido.

Para dar una idea de la complejidad y diversidad de Canadá, basta señalar que en Toronto se hablan 140 idiomas y dialectos. Viajar en el “subway” en Toronto es toda una experiencia. En cada estación entran y salen de tu tren gente de todos los colores, razas y nacionalidades. ¿Y qué decirte de la comida, de la variedad de olores y sabores que coexisten en casi cada cuadra de esta ciudad? ¿Y qué decirte de la religión? Conozco un lugar en Toronto en donde en una misma cuadra encontrás un templo anglicano, una iglesia católica y un templo budista. Muy cerca de este lugar operan, una mezquita y una sinagoga.

¿Cómo es que funciona Toronto? ¿Porqué no estalla en pedazos? ¿Cómo funciona Canadá? ¿Cómo coexisten millones de personas que viven con diferentes memorias históricas, que rezan a dioses diferentes, y que arrastran diversas experiencias con relación a la ley, la justicia y el Estado? Agregá a esto la conflictiva relación entre los canadienses franceses y los ingleses, las tensiones que se derivan de la historia de las relaciones entre los pueblos indígenas y los pueblos colonizadores en este país. Agregá, además, el inmenso tamaño del Canadá, lo que constituye un reto inmenso para la integración social de esta sociedad.

Pongamos todas estas cosas juntas y preguntémonos: ¿Cómo es que existe Canadá, como una entidad política nacional? La respuesta a esta pregunta es compleja y requiere de un espacio mayor del que disponemos en este blog. Solamente quiero señalar algo: No existe nada “natural” en la existencia de Canadá o de cualquier otra sociedad nacional. Este país es una construcción política organizada alrededor de una visión colectiva que se discute diariamente y que se traduce en leyes y políticas que alimentan un proyecto de sociedad, una noción del “bien común” que se traduce en acciones concretas en el campo de la salud, la educación y otros.

La política, como un esfuerzo permanente para definir lo que se quiere y se puede ser es esencial en la construcción de Estados Nacionales modernos y en la articulación de un “bien común” que debe negociarse constantemente. Y para el caso canadiense, este esfuerzo político demanda la activa participación del Estado. En la visión nacional dominante canadiense, en la idea dominante del “bien común” del Canadá, el Estado es un actor indispensable. En esto, la idea del “bien común” canadiense es significativamente diferente a la de los Estados Unidos.

Nada de esto debe hacer pensar a nadie de que Canadá es un paraíso en donde reina el amor y la fraternidad. Toda definición del bien común está marcada por la desigual distribución del poder que impera en toda sociedad. En este sentido, toda visión del bien común es hegemónica. Y si no que lo digan los pueblos indígenas de este país que siguen luchando por una redefinición del bien común nacional que los reconozca plena e integralmente.

Así pues, en el país que ahora vivo, existen problemas, existe la injusticia, prevalecen grandes desigualdades, etc.. Pero el país funciona porque estas desigualdades y el sentido de la justicia pueden negociarse y debatirse políticamente. Funciona porque sus instituciones permiten la expresión de ideas y visiones diferentes y hasta contradictorias. Funciona, pues, porque el conflicto que genera la diversidad en este país es procesado y organizado políticamente dentro de un aparato institucional que está diseñado para integrar las diferencias.

Para un nica que, como yo, camina las calles de Toronto cargando el recuerdo de una sociedad fragmentada y polarizada como Nicaragua, el Canadá ofrece una lección: los países, sobre todo en el siglo que vivimos, no nacen; se hacen; se construyen; se construyen políticamente; se construyen con una visión que, en condiciones democráticas, debe nutrirse de las aspiraciones y necesidades de sus habitantes. Ni el Dios providencialista, ni “la Historia” del marxismo vulgar, ni el mercado de los neoliberales, pueden lograr la articulación de una identidad nacional, de una Nación, de un Estado-Nación democrático y moderno.

En este sentido me atrevo a decir que Nicaragua no será un verdadero país, hasta que los nicaragüenses no seamos capaces de construir una visión y una definición política –no folklórica- de lo que significa ser nicaragüense. La clase política nicaragüense y los grupos económicos que han dominado el país han sido incapaces de promover el desarrollo de estas definiciones. La clase política nicaragüense ha sido y sigue siendo “inferior a su propia suerte”.

Un abrazo,
Andrés