lunes, 28 de marzo de 2011

Cornelio: ¿Locke y Smith contra Marx? Parte I

Durante unos 30 años, comenzando con el área Thatcher/Reagan- pero reforzado después del colapso del modelo económico soviético, se nos ha venido presentado un cuento oponiendo a John Locke y Adam Smith como supuestos padres del liberalismo político y económico contra Carlos Marx como supuesto padre del socialismo totalitario.

Digo cuento, pues si uno se mete a estudiar a los 3, entonces se detecta que el Marx concreto -tal como se manifiesta en sus textos- lejos de mandar sus antecesores al traste mas bien se pregunta como llegar en concreto a un sistema político-social en lo cual, cito, "La libertad de cada quien es la condición para la posibilidad de la libertad de todos".

Pero ese cuento se nos presentó sino con la intención de desviar la atención del programa real, que se estaba empujando, lo cual lejos de ser un programa de más "libertad para todos" resultó en un programa de "omnipotencia para unos pocos" -aquellos que manejan los flujos grandes de capital-, culminando en una Crisis económica mundial sin precedentes desde de la Gran Depresión, una crisis aún no superada.

Locke y Smith parten de la contraposición de "estado" por un lado y "ser humano abstracto" por el otro, oponiéndose a una sociedad organizada por estratos, donde el grado de la libertad concreta -tanto política como económica- dependía de la pertenencia por nacimiento a uno de los estratos. En esas circunstancias Locke postula en forma axiomática la igualdad de todos los seres humanos, convirtiéndose ese postulado en las frases célebres introductorias de la Declaración de Independencia:
Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad.

Dije postulado axiomático, pues en realidad y de prima vista los seres humanos concretos no son iguales, cada quién es diferente al otro, nace en circunstancias diferentes que le proporcionan oportunidades diferentes tal que al final vivan en condiciones muy diferentes. Cabe una segundo observación. En tiempos aún de Smith, Inglaterra conocía tres formas de propiedad: la propiedad de la corona o del estado, la propiedad feudal por herencia de tierras y derechos, y la limitada propiedad individual personal, donde el ejercicio y usufructo de la última estaba siempre limitada por las superáditas otras dos. No existía libertad en el ejercicio de profesiones, oficios y labores ni libertad de contratación o del comercio.  Pero tampoco existía aún el artificio de la Personería Jurídica ni hubo aún la inversión masiva del estado en educación, ciencia e infraestructura, cuyo inicio sistemático en Europa caracteriza el inicio del siglo XIX.

Al final, en vista que el orden existente contra lo cual van ambos, se justificó recurriendo a supuestos principios éticos transcendentales, ambos argumentan desde una posición terrenal. Locke es ateo decido y beligerante, reemplazando la ley divina por lo convenido libremente entre iguales. Smith seculariza la providencia divina, procuradora del bienestar, por la mano invisible pero igualmente efectiva del mercado con su intercambio libre de bienes y servicios.

Adam Smith publica su obra principal The Wealth of Nations en 1776,  dirigiéndose contra las limitaciones impuestas a la propiedad privada personal por las formas de propiedad hereditarias y contra el control de las actividades económicas por el estado con el fin de favorecer al orden viejo. Los revolucionarios de Filadelfia ese mismo año comienzan a rechazar a mano armada el intento del viejo orden de dar machar atrás en cuanto a las libertades políticas y económicas, las que ellos gozaron desde  mucho antes que Gran Bretaña, puesto que a diferencia del mundo hispánico nunca se traspasó el modelo feudal de la propiedad a las 13 colonial, sin olvidar que la propiedad feudal de la iglesia ya había desparecido en Gran Bretaña bajo Enrique VIII,  siglos antes de su desaparición completa en Europa Continental y en América Latina.

No obstante ni Locke ni Smith sirven como un simple guión para definir las nuevas relaciones entre la nueva forma de gobierno y la economía de los EE.UU.. Comenzando con los debates sobre la conveniencia de un Banco Central y una política comercial interna y externa unificada hasta llegar a la Guerra de Secesión, los EE.UU. tardan casi 90 años para imponer su interpretación de los conceptos de Adam Smith en toda la Unión. Como parte del conflicto que llevó a la Guerra de Secesión, los estados norteños estaban en favor de un rígida política de protección de su industria incipiente contra la ya más desarrollada industria inglesa, mientras los sureños eran defensores feroces del libre comercio con Gran Bretaña, intercambiando su materia prima principal, el algodón, contra productos de manufactura británica.

Mientras Gran Bretaña fracasó en sostener el modelo “país manufacturero” por un lado contra “país proveedor de materias primas” por el otro en cuanto a su relación con las 13 colonias y después los Estados Unidos, fue muy exitoso en promover ese modelo como base de las relaciones económicas entre Gran Bretaña y América Latina. Apoyó el proceso independista con plata y armas en aras de liberar el comercio del jugo de España, encontrando al otro lado una alianza contraparte entre comerciantes y latifundistas. Al final el libre comercio y el libre flujo de capital entre Gran Bretaña y América Latina –la parte externa de las ideas de Adam Smith- impidió la transformación interna o industrialización –la otra parte de las ideas de Adam Smith. Tal como cualquier otra mercancía importada pero nunca producida localmente, se importó conceptos de forma republicanos, pero llenándolos con las practicas feudalistas heredadas. Para decirlo así, en ninguna parte de América Latina hubo un Abraham Lincoln para imponer el modelo capitalista-industrial ni un clase burgués-industrial nacional para apoyarlo.