viernes, 2 de abril de 2010

Cornelio: Estado Nacional o Nación de Ciudadanos

El siguiente texto fue escrito en abril/mayo 2004, cuando ABP aún pretendía a analizar la historia de las ideas en Nicaragua como una historia también de acontecimientos y no solo como historia de la construcción de significados, aunque ya ese texto era muy débil en cuanto a aportar datos sobre el desarrollo socio-económico del país o tomar en cuenta la practica y dinámicas sociales efectivas, quizás debido al método escolástico del autor de tomar en cuenta solamente discursos, textos y libros o materiales de protagonistas o ensayistas y montarlos en forma de mosaico.
No obstante para él aquel entonces la Revolución Sandinista aún significaba el intento –fallido- de romper con los patrones de una cultura pragmática-resignada y del providencialismo. Por tanto su crítica al FSLN –más bien su Dirección Nacional- parece aún tímida e inconclusa (Confidencial 2004-385).
Vale la pena mencionar que el ENVIO rechazó la publicación de mi texto y Confidencial publicó solamente la introducción, quizás porque en aquel momento mi critica a la Dirección Nacional les pareció demasiado radical, o sea –subcutáneo- no se quiso aún romper con el FSLN como opción para el futuro.
Hoy APB extiende -para decir lo así- esquemáticamente mi critica a la Dirección Nacional al FSLN y a la Revolución Sandinista como tal …
Alguien –no me recuerdo quién- escribió en algún momento: Cada época tiene su narrativa de la historia. APB parece como un buen ejemplo para eso: ver el pasado por los filtros del presente.
Sin embargo ya tuvimos aquel entonces el mismo conflicto como hoy: el estado en base de ideas –una ética dominante- como primero (APB) o el estado y las ideas como condicionados, aunque no determinados, por su base socio-económico sujetos ambos a posibles cambios por medio de la práctica política de sus constituyentes (CH).
Introduzco el texto como una respuesta dada de antemano a tres columnas recientes de APB: El marxismo del FSLN
(ND 23-03-10), El Somocismo del Siglo XXI (ND 26-03-10), La enseñanza del marxismo en Nicaragua (ND 30-03-10)

Mis Reflexiones sobre el libro
“Entre el Estado Conquistador y el Estado Nacional”
de Andrés Pérez-Baltodano

Hay libros malos, que no tienen lógica ni desarrollo inmanente. Hay libros buenos, donde el autor ha logrado presentar su argumento en forma convincente. Y hay libros muy buenos, donde el autor no solamente se presenta en forma conducente, sino fundamenta su concepto con citas y referencias hasta tal grado, que la idea presentada tome vida propia y su lógica inmanente llegue hasta más allá de lo que el autor quizás quería. El libro de Andrés Pérez-Baltodano pertenece a esta última y muy selecta categoría de libros. En 2 palabras es un libro muy bueno, completando y superando textos más anecdóticos como La Cultura Política Nicaragüense de Emilio Álvarez Montalván o el Síndrome de Pedrarias de Oscar René Vargas, quienes ya antes intentaron a ubicar los acontecimientos de las últimas décadas dentro de un proceso de desarrollo histórico más amplio.

Pérez-Baltodano desarrolla a lo largo de su libro tres conceptos claves: el estado conquistador, la práctica política nicaragüense y el providencialismo. En sus palabras “El Estado Conquistador cuenta con una serie de características estructurales y objetivas que lo separan del Estado Nacional. Las principales son: su baja capacidad de regulación social, la fragmentación social y territorial de su base espacial, su alta dependencia externa, y un gran nivel de autonomía con relación a la sociedad. Hablar de la capacidad de regulación social del estado es hablar de su capacidad para organizar e institucionalizar condiciones de orden social.” (p23) “La práctica política nicaragüense se ha orientado casi siempre dentro de una perspectiva cultural pragmática-resignada. Con contadas excepciones, las élites gobernantes se han adaptado a la realidad doméstica del país y a los condicionamientos externos que han operado sobre esta realidad. Más aún, la historia de Nicaragua ha sido percibida por las élites nacionales como un proceso determinado por fuerzas que los nicaragüenses no controlan. El pragmatismo-resignado encuentra una de sus principales raíces en la cosmovisión providencialista reproducida por la Iglesia Católica desde la conquista. El providencialismo expresa una visión de la historia como un proceso gobernado por Dios, en concordancia con sus planes y propósitos..” (p25).

En forma expresa las intenciones del autor van más allá de una autopsia del desarrollo político-social del país. La presenta precisamente para superar las causas pues solo así podrá haber otra historia en el futuro. Y es ahí, donde la lógica del libro se vuelva rebelde contra su propio autor, si se hace una diferenciación crucial: tal como la revolución francesa era una cosa y el régimen del Comité de Salvación Pública era otra aunque dentro de la primera, en la misma forma a la revolución sandinista debe tratarse como una cosa y al Estado de la Dirección Nacional como otra. Aunque Pérez-Baltodano ya aporta todas las evidencias, se rehúsa a sacar esta conclusión más que obvia. Pero hecha esta diferenciación, el Estado de la Dirección Nacional cumple con todas y cada una de las características del Estado Conquistador. La practica política de la Dirección Nacional es la de una perspectiva pragmática-resignada como definida por el autor. Si se reconoce al marxismo-leninismo como religión secular, o Weltanschaung, entonces la mecánica de materialismo histórico solo seculariza los divinos planes y propósitos, o sea hasta el trasfondo es similar. En este sentido la Dirección Nacional llevó a su cúspide los conceptos del Estado Conquistador, de la perspectiva cultural pragmática-resignada y de la cosmovisión providencialista, pues se cambió solamente las etiquetas, dejando completamente intacto los patrones conceptuales y mentales.

No obstante para Pérez-Baltodano el 25 de Febrero 1990 sigue como día de la derrota definitiva y aún no es percibido como solo el fin del régimen del Comité nicaragüense de Salvación Pública llamado Dirección Nacional. Esto tiene consecuencias para la percepción del proceso desde 1990 por acá. Si este día marca una derrota, un regreso a los tiempos de antes de la revolución –como Pérez-Baltodano sostiene-, entonces de cierta forma hay que comenzar de nuevo enfrentándose a los problemas viejos. Pero si este día marca el fin del régimen del Comité de Salvación Pública, entonces hay que tomar nota del tremendo daño, de las heridas a muerte, que dejó el régimen de este Comité, haciendo tabula rasa en la organización social de Nicaragua y vaciando su ideario al desacreditar a sangre y fuego visiones y personas. En este caso se necesita sanar primero para rehabilitar y construir paulatinamente después. Y en esto estamos según la percepción mía desde 1990, con recaídas por supuesto.

El Estado de la Dirección Nacional

Sobre la capacidad de regulación social Pérez-Baltodano escribe: “La ampliación del tamaño y de las funciones del aparato estatal durante la década de los 1980s creó la ilusión de un Estado fuerte. El crecimiento estatal no logró traducirse en un aumento real en la capacidad de regulación social del Estado, especialmente en lo que se refiere al control y regulación de la economía.” (p 596) profundizando este aspecto en las páginas subsiguientes con toda una seria de citas y concluyendo “En ausencia de una capacidad política reflexiva para definir y condicionar el sentido y la orientación del proceso revolucionario nicaragüense, el destino de la revolución terminó siendo definido por las presiones internacionales y por las contradicciones no resueltas de una realidad doméstica pre-teorizada.” (p 630).

En cuanto a la fragmentación social y territorial Pérez-Baltodano escribe: “A finales de los 1980s, las zonas de guerra disputadas por el ejército sandinista y las fuerzas contrarrevolucionarias abarcaban un 47% del territorio nacional. Estas zonas eran precisamente aquellas en donde históricamente, el Estado nicaragüense había mantenido una presencia mínima a través de su historia: las zonas fronterizas con Honduras y Costa Rica, así como la región que abarcaba de la frontera agrícola del país. Según Orlando Núñez, el límite espacial que definía la capacidad de control del Estado sandinista coincidía con “el lugar hasta donde había llegado el desarrollo capitalista y la avanzada de ‘tumba, roza y quema’ del campesinado desplazado”. (p 640). Cabe señalar que Orlando Núñez documenta minuciosamente no solamente la fragmentación territorial sino la subyacente fragmentación profundizada entre Campo y Ciudad.

En cuanto a la alta dependencia externa Pérez-Baltodano consta: “Así, a finales de 1989, la cooperación externa era responsable del financiamiento de un 81.5% de las necesidades de la economía. La deuda externa del país había pasado de 1,562 millones de dólares en 1979 a aproximadamente 11,000 millones en 1990. Este nivel de endeudamiento colocaba a Nicaragua entre los países más vulnerables y dependientes del mundo Además, el índice del servicio contractual de la deuda por las exportaciones era de 455.0 por ciento, lo que significa que era “veinte veces mayor que el promedio de los Países Altamente Endeudados de Bajos Ingresos”. (p 640).

Solo se le olvida a mencionar, que la mayor parte de semejante deuda no se había contraído ni con los grandes actores de la economía global ni los organismos financieros internacionales –los sospechosos de regla-, puesto que ellos ya de 1983 en adelante habían dejado a financiar o cooperar con Nicaragua. A la vez él tampoco menciona que precisamente este apoyo material externo le facilitó al Estado de la Dirección Nacional su gran nivel de autonomía objetiva con relación a la sociedad, de tal forma que el colapso del oxigeno externo tenía que tener como consecuencia automática la perdida precisamente de ésta autonomía.

En resumen pues y en base de los argumentos y hechos presentados por el propio libro, lejos de aunque fuera solamente un intento de superar el Estado Conquistador, el Estado de la Dirección Nacional lo llevó, al contrario, hasta un extremo nunca antes visto.

La Cosmovisión de la Dirección Nacional

De nuevo es crucial, discernir entre lo que es la revolución sandinista por un lado y el Estado de la Dirección Nacional por el otro. Al respecto escribe Pérez-Baltodano: “El FSLN no sólo adoptó la visión moderna de la historia y del poder articulada en el pensamiento y la teoría marxista, sino también la interpretación marxista de la historia de Europa, como una explicación universal y, por lo tanto, aplicable a la realidad nicaragüense. En este sentido, el pensamiento marxista del FSLN fue un pensamiento imitativo y superficial, que contribuyó a distorsionar y falsificar la especificidad histórica de Nicaragua.” (p 584) donde “Utilizando un esquema mecánico, unilineal y determinista del progreso histórico de las sociedades, Fonseca aseguraba que de no haberse dado la intervención estadounidense, que puso fin a la reforma liberal de Zelaya, “el proceso social democrático-burgués hubiera continuado su natural evolución, y los obstáculos caducos seguramente que a un plazo breve hubieran sido superados” (p 584) Por tanto “El pensamiento fundante –mecánico e imitativo— del FSLN se reprodujo a través del desarrollo de la organización revolucionaria, para convertirse en un componente central de la visión política dentro de la que funcionó la dirigencia sandinista después de julio de 1979” (p 585) lo que “ desembocó en la adopción del marxismo como un conjunto de principios normativos; en la sobre-simplificación de los problemas, que enfrentaba la revolución; en la adopción de una práctica política voluntarista y en el uso de un discurso contradictorio y superficial” (p 586) para terminar “Las declaraciones públicas de fe en el socialismo marxista y en el modelo institucional socialista leninista, — planificación centralizada, vanguardismo revolucionario y centralismo democrático—, se convirtieron en la escala utilizada por el FSLN para medir el compromiso revolucionario de sus miembros.” (p 586).

No hizo falta el trabajo misionario del estado para extender la fe, como consta también Pérez-Baltodano: “Una publicación gubernamental explicaba el papel de la educación en la revolución: “La educación popular no es una nueva forma de enseñanza o un mero acto de voluntad política, sino una noción general de la educación en consonancia con una ‘Weltanschauung’ (visión actual del mundo) y un proyecto político(Ministerio de Educación, 1986, 29-30).” (p 583), pero a Pérez-Baltodano se olvidó a mencionar que en 1986 ya no se trataba de la cosmovisión de la Campaña de Alfabetización sino del Marxismo-Leninismo de los manuales impresos fuera del país.

Dicho en cristiano, había una explicación mecánica, unilineal y determinista del mundo secularizando así los divinos planes y propósitos de la providencia. La estima pública de las personas dependía de la confesión pública de semejante fe. Me consta en persona, que era explícitamente prohibido relacionar en aula de clase esa religión secularizada con la realidad viva del país, quizás para prevenir una Marxología de la Liberación.

Resto aquí mi caso de que la Dirección Nacional llevó a su cúspide los conceptos del Estado Conquistador, de la perspectiva cultural pragmática-resignada y de la cosmovisión providencialista, basándome solamente en las evidencias que el mismo libro presenta.

El Estado del Leviatán

Cabe solamente la pregunta, porqué el autor mismo no llega a la misma conclusión. La pregunta es importante más allá del autor, pues ella define a cierto grado el camino a seguir en el futuro.

Obviamente cuesta un esfuerzo tremendo –mas que todo espiritual- de aceptar y por tanto descartar a la Dirección Nacional como una variante nicaragüense del Comité de Salvación Pública, más aún tomando en cuenta amor, entusiasmo, sacrificio y muerte, que centenares de miles aportaron al proyecto. Hay algo menos obvio pero más peligroso: asumir que hubiesen sido las personas al mando, las que solamente no estaban a las alturas de las exigencias del proceso, o explicaciones pragmática-resignadas como que un país como Nicaragua en los contextos globales de la época no hubiera tenido otras opciones.

De nuevo estoy completamente de acuerdo con Pérez-Baltodano, quien escribe: “Destacar el papel del pensamiento político, como una fuerza constitutiva del desarrollo histórico europeo, no es proponer que la formación del Estado en Europa haya sido determinada por las ideas políticas de los actores de este proceso. En este libro se rechazan las interpretaciones históricas subjetivistas que ignoran los condicionamientos y limitaciones que impone la realidad material sobre el desarrollo histórico de las sociedades. Pero también se desechan las interpretaciones materialistas de la historia que minimizan o ignoran la participación del pensamiento y las ideas en el desarrollo histórico de la humanidad.” (p 25).

Me atrevo a la hipótesis, que Pérez-Baltodano en su percepción de la historia europea está condicionado, quizás como nicaragüense sin darse cuenta, por un concepto de estado muy particular de la España Conquistador. Esto explicaría porqué su libro termina sin conclusiones convincentes de qué se deba hacer en forma diferente más allá de una exhortación a las elites a ponerse a las alturas de la historia, dicho en polémica un llamado a los conquistados a ponerse a la par con los conquistadores en lugar de descartar los principios inherentes de la conquista.

Para fundamentar un supuesto origen de una visión europea moderna del estado Pérez-Baltodano escribe: “El surgimiento de una visión moderna del poder y de la historia se expresó institucionalmente en el desarrollo y consolidación del Estado Nacional. En este sentido, el Leviatán de Hobbes representa el inicio de la demarcación del campo de la política como un campo de acción, separado de Dios. Esta separación dio lugar a la consolidación de una visión de la historia como una construcción social que desembocó en la institucionalización de los derechos ciudadanos, la institucionalización del Estado de Derecho y en la democratización del poder del Estado.”(p 751).

Con todo respeto este supuesto es falso. Hobbes publica al Leviatán en 1651. El único estado europeo –limitándonos al Europa occidental o Romano-Católico- que se fundamentó en el Absolutismo religioso, más preciso en el catolicismo, es la España reconquistador y conquistador, sin prejuicio de la Francia de los Borbones, que intentaba a imitar a España para legitimar su proceso de centralización. Sin embargo ni el Rey del Sol logró a eliminar a los Estados Generales con sus prerrogativas. En Inglaterra el Rey estaba formalmente limitado en sus poderes, desde la Magna Carta progresivamente en adelante, de tal forma que en los tiempos de Hobbes cualquier ley ya necesitara la aprobación por ambas cámaras, los lores y los comunes, para entrar en vigencia. Así el texto de Hobbes resultó reaccionario y no progresivo en comparación con la practica política contemporánea de Inglaterra.

Ya en 1648 los Tratados de Paz de Westfalia codifican jurídicamente los principios de la organización política-social interna y externa de los territorios miembros del Sacro Imperio Romano de Nación Alemana. Después de devastaciones sin precedentes por 30 años de guerra –Alemania central había perdido casi la mitad de su población, el 40% de pueblos y ciudades estaba en ruinas- se estableció la paz no por la fuerza sino por el arreglo jurídico en base de la razón y de la negociación. En lo particular –salvo en los territorios de los Habsburgos- se establece por primera vez la libertad individual de conciencia y credo como reclamables en la corte. Vale recordar, que un estado nación alemán no hubo hasta 223 años más tarde.

Al contrario, por los tratados el soberano supremo, el Imperio Alemán, se quedó sin fuerza militar propia para imponer una voluntad central. Más sin embargo en continuación se profundizaba y extendía el imperio de la ley por medio de códigos y procedimientos uniformes, aceptados y aplicados en la abrumador mayoría de los territorios miembros. El delegado del Papa participa en las negociaciones, pero se niega a firmar los tratados. Los tratados de Westfalia por tanto significan el inicio práctico y real de la secularización antes que Hobbes aun hubiese publicado su libro de principios teóricos.

En resumen a Pérez-Baltodano se le escapa toda la tradición ciudadana de Europa, que es precisamente la tradición de sus ciudades como cuerpos de autogestión desde tiempos medievales. Son ellas, no los reyes, que regulan la vida social diaria, dan albergue a escuelas y universidades, y sostienen comercio, artesanía y por ende la industria, mientras en España ya la Guerra de las Comunidades a inicios del siglo XVI aborta el desarrollo autóctono de las ciudades. Toledo pierde su autonomía como última ciudad en 1522, dos años antes que se establecieran León y Granada en Nicaragua. Lógico ni en 1821 ni en 1893 haya los citoyen para empujar una revolución burguesa nicaragüense.

Un Estado de, por y para el pueblo

Es ante estos antecedentes, que se debería leer Kant: si al inicio está la libertad individual de conciencia y de credo, y si lo ético ni conceptualmente debe imponerse desde arriba, entonces la ley debe nacer adentro de cada persona. Esto es la esencia del Imperativo Categórico, estableciendo que la actuación de cada persona debe basarse en una razón, la cual se pueda elevar al rango de ley general –no solamente principio abstracto- para todos y cada uno. Y solo en este contexto la diferenciación de Weber entre ética de convicción y ética de responsabilidad obtiene su verdadero sentido, pues la segunda es nada más que el imperativo kantiano vuelto al espació público, en el sentido de que quien toma decisiones debe responder a estos “otros”, no ante la providencia ni ante la historia, por la razón de su decisión.

Para salir de la postración, Pérez-Baltodano recomienda: “Para ampliar los límites de la realidad nicaragüense, el pensamiento político debe nutrirse de una visión del futuro nacional que organice la energía y las aspiraciones de la sociedad. De esta manera, el Estado Conquistador, que se quiere superar, debe reconstruirse en función del Estado Nación, moderno y democrático, que se quiere alcanzar.”(p 789)

Mas sin embargo el mismo Pérez-Baltodano anota que el Estado de la Dirección Nacional dejó “tabula rasa” en cuanto a la organización social, puesto que no solamente destruyo las organizaciones “opositoras” sino tampoco supo crear organizaciones estables nuevas.

“La brecha histórica entre el Estado y la sociedad se mantuvo, a pesar de los esfuerzos organizativos de la revolución por impulsar la participación popular. Una investigación de campo, realizada entre 1991 y 1993 por un equipo de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), confirmaba la débil presencia del Estado en “la vida social del campesinado” poco después de terminado el experimento revolucionario, así como la pérdida de efectividad y relevancia de muchas de las principales organizaciones de participación popular creadas durante los 1980s: “Los sindicatos agrarios y las asociaciones campesinas como la ATC (Asociación de Trabajadores del Campo) y la UNAG (Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos)”, señalaba el informe final de esta investigación, “han perdido, en muchas partes, su poder de convocatoria” (Gabriel, 1993, 354).” (p 641)

Me permito entonces contradecir: lo que le falta y siempre le ha faltado a Nicaragua no es una visión de nación de sus élites para formar un estado sino elites con una visión de estado como nación de ciudadanos. El enfoque principal por tanto debe ser fortalecer la participación y auto-gestión ciudadana, entre otros por medio de una descentralización efectiva de decisiones, poderes y recursos. Solo así habrá la verdadera quiebra de un patrón cultural de quinientos años de conquista: son los ciudadanos que organicen al estado y no debe ni puede ser el estado que organice a ellos, como nos sigue recomendando Pérez-Baltodano.

En lugar del Leviatán como base prefiero a la acta de nacimiento de la primera republica en suelo americano: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad.”

En vista del vacío creado por el Estado de la Dirección Nacional, se requiere por tanto de un proceso paulatino de construcción y reconstrucción. La propuesta del PND me parece un bueno comienzo práctico: "Para ser consecuentes con la profundización de la democracia y la participación ciudadana, es fundamental impulsar un proceso agresivo de descentralización. Para todo ello, es necesario ponerse de acuerdo en reformar la ley de organización y competencias del Ejecutivo, que dé legalidad y legitimidad a todas esas reformas. Pero, sobre todo, debe esforzarse por ejercer el poder a través de formas más democráticas. Adecuar el Poder Ejecutivo a su función de servir eficientemente al ciudadano, exige llevar a cabo un proceso profundo de descentralización de los recursos y de muchas de las funciones que actualmente son potestad privativa del poder central. Este objetivo se torna, más que en un acto de eficiencia, en una necesidad de cambiar la lógica del poder y el liderazgo político. Hay que acercar la política y los políticos a sus territorios. La descentralización debe permitir servir mejor al ciudadano y compartir las responsabilidades con éste, a través de sus organizaciones, de los gobiernos locales, de la empresa y la sociedad civil, para la toma de todas aquellas decisiones que afectarán el futuro de sus propios territorios y la calidad de los servicios públicos a los que todos tienen derecho." (p23, PND).

Managua, Mayo 2004, Cornelio Hopmann