martes, 15 de julio de 2014

Raíces

En 1950 nací en una ciudad, donde mis padres se encontraron por casualidad como consecuencia de la II. Guerra mundial. Ahí se habían refugiado sus padres y ahí comenzaron a estudiar. Pero la ciudad Gotinga era protestante y a los católicos apenas en el siglo XVIII se les había permitido construir una iglesia, pero al inicio sin torre. Con los refugiados y desplazados por la guerra, hubo en la perspectiva de los autóctonos toda una invasión católica irreverente en cuanto a las tradiciones de la ciudad, tal que la procesión de Corpus Christi, celebrada después la reformación por primera vez en los años 50 del siglo pasado, se tomó como ofensa y se tenía que proteger altares y el cableado del audio contra vandalismo nocturno. En esta ciudad pasé del Kinder interconfesional a la única y pequeña escuela primaria católica, que hubo en la ciudad. [En casi toda Alemania occidental salvo la Ciudad-Estado Bremen la primaria de 4 años, aunque pública, se organizaba por confesiones hasta medianos de los años 80]. Entonces aunque nací en Gotinga, era desde el nacimiento un foráneo sin verdaderos raíces locales.

A la edad de 10 años, mis padres se trasladaron a otra ciudad Jülich, esta vez en Renania. Aunque importante en la historia, en aquel momento era un pequeño centro de abastecimiento para la agricultura en sus alrededores. De nuevo llegué como parte de una “invasión”: los gobiernos del estado de Renania del Norte/Westfalia y de Alemania federal habían tomado la decisión de establecer en un bosque grande cercano un centro de investigación en energía nuclear más ciencias naturales conexas, y con este centro vinieron unos 500 académicos más técnicos  y asistentes para los laboratorios, en total unos 3,500 empleados del centro con sus familias, un golpe tremendo para una ciudad de apenas 12,000 habitantes, que estaban acabando la reconstrucción de la ciudad después de su destrucción total -98.5%- en los últimos meses de la guerra.

Yo era de los primeros hijos de los invasores, que se matriculó en la única secundaria humanística clásica –Latín como primer idioma, después Ingles, después Griego Clásico- , que había, solo para varones, porque en aquellos tiempos aún se solía a organizar la secundaria en al menos clases sino hasta colegios enteros separados por género. El colegio como tal lo fundó en 1572 el Duque Guillermo V de Jülich. Ya los padres, abuelos y bisabuelos de muchos de mis compañeros de clase locales habían atendido al mismo colegio. Eran los notables –abogados, farmacéuticos,  maestros, médicos, niveles superiores de la administración pública- de la pequeña ciudad. Y rompiendo con las tradiciones de 400 años, mis padres produjeron todo un escándalo al obligar al colegio como único colegio público con bachillerato a admitir a mi hermana como 1ª estudiante femenina en su historia. De nuevo yo era un foráneo durante todo mi tiempo en el colegio.

Para estudiar matemática pura, regresé en 1968 a “mi” ciudad natal, de la cuál tengo así dos conjuntos de memoria: él de mi niñez y él de mis tiempos como estudiante. Mientras en la universidad encontré huellas de mi abuelo y de mis padres en forma de estudiantes o compañeros de estudio en este momento ya profesores, hubo un re-encuentro con solo uno de mis compañeros de la primaria, que se inscribió conmigo en matemáticas. Por el otro algunas cosas de mi niñez ya no existieron, otras, que había visto siempre de afuera, las vi por primera vez adentro, como las iglesias evangélicas, que para mí como niño eran “off limits”; según mis padres no se anda “de turista” en templos en uso.

A pesar de que la universidad era a distancia el empleador más grande de la ciudad, los profesores destacados en 2 siglos de su existencia se honraba con placas en sus casas de domicilio hasta nombre de calles, los casi 20 mil estudiantes en una ciudad de no 100 mil pusieron su sello a la vida diaria y nocturna, no hubo vínculo estrecho entre la vida universitaria y la vida política-social local. Por un lado la ciudad ya existe desde el siglo X, la universidad apenas desde el siglo XVIII  además siempre trayendo más foráneos temporáneos que atendiendo a locales permanentes, por el otro el fascismo nazi ya había conquistado a la universidad en 1931 mientras en la ciudad misma ni en las elecciones de 1933 lograron una mayoría. Pero de esta parte de la historia nadie nos quiso hablar, sino que tuvimos –como estudiantes–  que reconstruirla metiéndonos en archivos y bibliotecas investigando. O sea nada de condiciones para echar raíces.

Mi última estación en Alemania del 1972 al 1985 era Bonn y sus cercanías. En Bonn nacieron mi padre, mis abuelos paternos, mis bisabuelos paternos y la mitad de mis tatarabuelos paternos. Hoy todos están sepultados muy cercanos en el Cementerio de Poppelsdorf. Y hasta hoy día el clan de mi abuela –tenía 14 hermanas y hermanos- se reúne una vez al año en Bonn. Pero como yo no había pasado en Bonn ni mi niñez ni mi juventud ni quiera mis tiempos de estudio, me faltaban los compañeros del Kinder hasta el bachillerato, el vínculo con una parroquia donde se me hubiera bautizado, celebrado la 1ª Comunión y la Confirmación. O sea era la ciudad de la mitad de mis ancestros, pero yo en lo personal no tenía nada de experiencias personales, que me vinculara con esta ciudad.

Ahora llevo 29 años de vivir en Managua –Los Arcos, El Rosario, Linda Vista Norte-, el periodo continuo más largo de mi vida. Hija y 3 hijos nacieron acá donde también pasaron su tiempo escolar, aunque hoy 3 de ellos viven en Alemania. Tenemos desde 24 años una finquita en Dulce Nombre/Jinotepe. Ahí viven las hermanas y el hermano de mi esposa, en el Cementerio de El Rosario están mis suegros. Si todo sale como planificado, a finales de éste año nos retiramos a nuestra finquita. Pero obviamente, llegando a Nicaragua a los 35 años, no soy “nicaragüense nativo” ni nunca seré.

Corolario: al haber sido NUNCA en mi vida “nativo” de donde me tocó a vivir, sino siempre alguien de “afuera”, nunca me quedó otra alternativa que aprender comunicándome con los nativos y estudiando su respectiva historia en libros y artefactos para medio entender mi contexto, algo que los nativos asimilan casi automático al nacer y crecer dentro de él. Sé que para mí nunca será igual aunque cierto quizás precisamente por el proceso consciente de aprendizaje me parece que a veces estoy más consciente del impacto de una u otra condición histórica, hasta más que los nativos.