lunes, 2 de agosto de 2010

Cornelio: La diferencia entre la izquierda y el Nacional-Socialismo

Nota del Editor: originalmente publicado en Confidencial.
El Fascismo está detrás del poder no para crear institucionalidad y legalidad sino para ejercerlo sin contrapesos; la consigna de Hitler: “un pueblo, un imperio, un líder”
Cornelius Hopmann
Careciendo de experiencia histórica propia, muchos comentaristas en América Latina no han asimilado lo que fue la esencia del nacional-socialismo sino que se quedan con el veredicto de 1937 planteado por Jorge Dimitrov, ideólogo de la internacional comunista. Según Dimitrov el fascismo no es nada más que la forma más extrema del capitalismo cuando éste ya no puede dominar por medio de la democracia burguesa sino necesita recurrir a la fuerza brutal para mantenerse. Mal guiados por este veredicto, algunos analistas infieren tendencias de izquierda, cuando escuchan discursos contra imperios y contra oligarquías acompañados de anuncios de acciones sociales para con los pobres. Sin embargo la diferencia de fondo entre fascismo y la izquierda no reside ni en los discursos ni en las acciones sociales, sino en visiones diametralmente opuestas del mundo: mientras la izquierda se considera hija legítima de la ilustración recurriendo a principios basados en la ciencia y en la conciencia, el fascismo nos quiere regresar a tiempos anteriores, cuando dominaban la fe, la convicción y la lealtad personal.
Hitler y los trabajadores
Los obreros y pequeños agricultores alemanes nunca antes habían tenido condiciones tan favorables en trabajo y vida como en el periodo del 1933 al 1942, desde la toma del poder por Hitler hasta perder la ofensiva en la guerra.
El gobierno de Adolf Hitler expandió sistemáticamente el seguro social y creó el servicio público de salud gratuito para todos los asegurados y sus familias, sumando poco después recreación y turismo. Se establecieron los permisos laborales pagados por maternidad. Se decretó inembargables las fincas familiares, se elevó los precios pagados a los pequeños agro-productores y se les facilitó acceso al crédito. Se eliminó el desempleo, en menor parte por obras públicas y trabajo de servicio social pero pagado, y en mayor parte por una política de desarrollo industrial acelerado -así nació entre otros el complejo metalúrgico y automotriz Salzgitter/Wolfsburg hoy conocido como Volkswagen, “carro del pueblo”. Hitler estableció por primera vez en 1933 el primero de Mayo oficialmente como “Día del Trabajo“, para deshacerse un día después de los sindicatos, disolviéndolos y confiscando su patrimonio para el nuevo “Frente Nacional del Trabajo”, organización conjunta entre obreros y la patronal. Se arregló con las iglesias, siguiendo al modelo de Mussolini firmó en 1933 el concordato con el Vaticano y confirmando para ambas iglesias, católica y protestante, impuestos como fuentes de ingresos propios y el derecho a la instrucción religiosa en las escuelas públicas.
En resumen, a excepción de los opositores políticos y los judíos perseguidos, se podía vivir bastante bien en Alemania, y mucho mejor que antes, de tal forma que Hitler se ganó el amor de la abrumadora mayoría de los alemanes, a tal grado que en la conversación popular se decía “Si esto lo supiera el Führer ..” atribuyendo todos los hechos desagradables solamente a los cuadros intermedios.
El discurso antioligárquico y anti-imperialista
NSDAP es la sigla de Partido Nacional-Socialista Alemán de los Obreros. Su discurso político, desde su fundación en 1923 hasta la toma del poder en 1933 con el 34% de los votos, era coherente con este nombre, jugando un papel clave la dirección de propaganda y organizando grandes eventos de masa. Su discurso culpó por la crisis económica mundial a la plutocracia, en particular a la anglo-americana, y al capital financiero. Atacaba vehemente a las oligarquías viejas por la corrupción rampante y por no permitir la incorporación de elementos sanos nuevos, en particular de los miles de desmovilizados y desempleados con formación académica. Atacaba a la democracia representativa con sus instituciones y procedimientos como alejados del sentir popular e irrelevantes para resolver los problemas de fondo. Culpó a los partidos, por cuyas luchas intestinas y sus intrigas se había perdido todo sentido de unidad patriótica. Atacaba al imperialismo anglo-americano y al revanchismo francés por no permitir el renacimiento de Alemania y por sabotear las relaciones internacionales, particularmente económicas, de Alemania.
La visión diferente de la izquierda
Aunque en lo superficial a veces resulta parecido, un discurso de la izquierda es diferente en el fondo: la izquierda parte del derecho genuino de la autodeterminación de cada quien, no de un resentimiento de los supuestamente de abajo contra los supuestamente de arriba. En su variante liberal insiste en legalidad e institucionalidad como únicas formas para ejercer el poder y rechaza cualquier poder personalizado. En su variante social insiste en la creación de oportunidades por igual para llegar a la autodeterminación. En su variante anarquista o antiautoritaria hace énfasis en la capacidad de auto-organización y autogestión. En su variante marxista reclama el derecho de los que por su trabajo generan plusvalía a decidir que hacer con la plusvalía.
En conjunto, los discursos de la izquierda apuntan a la constitución de la sociedad organizada promoviendo cambios o mejoras de la misma, y aspiran al poder como un instrumento para incidir sobre la sociedad. Precisamente por referirse a la sociedad constituida, el discurso de la izquierda reconoce como genuino y constitutivo la existencia de intereses diversos y encontrados. El discurso fascista sustituye la sociedad constituida por una supuesta organización social natural en base de familia, de la comunidad y por ende de la nación, no resolviendo los conflictos de los intereses encontrados sino simplemente intentando descartarlos al menos superficialmente en aras de un bien mayor legitimador, la patria.
En la práctica política, un partido de la izquierda tal vez subordina el estado al partido orientando el que-hacer de sus partidarios en el estado, pero nunca confunde estado y partido sino más bien fortalece la institucionalidad de ambos por separado. La legitimidad de los dirigentes de la izquierda se basa en procesos de elección periódica e institucionalidad no en la aclamación, mucho menos en misiones encomendadas por la divina providencia. El Fascismo anda detrás del poder no para crear institucionalidad y legalidad sino para ejercerlo sin contrapesos. Al descartar la institucionalidad como legitimación, recurre a una mística preexistente entre líder supremo y liderados, acuñado en la consigna “Ein Volk, ein Reich, ein Führer” (un Pueblo, un Imperio, un Líder).
Nazismo: “fé y voluntad”
La primera convención del partido NSDAP al tomar el gobierno se bautizó “Victoria de la Fe” y la segunda -un año después- “Triunfo de la Voluntad”, contando ambas con la participación de representantes diplomáticos de casi todos los países europeos y de los EE.UU. “Fe” y “Voluntad” hacen la verdadera política sana, no intereses mezquinos de grupos y clases, así Hitler en sus discursos en las concentraciones de masa en estas ocasiones. De la segunda convención en adelante, el NSDAP como tal dejó de tener funciones reales: había que ser miembro para obtener un puesto público, había que participar con cierta regularidad en acciones orientadas y concentraciones pero ya no hubo vida partidaria ni siquiera programa, como resume Hitler en 1934: el estado es el partido y el partido es el estado, mientras su Jefe de Propaganda explica que la fortaleza de éste gobierno se basa en el amor del pueblo, no en la fuerza.
El modelo fascista
El modelo para gobernar del Fascismo recurre a modelos de organización pre-modernos, i.e. pre-representativos y preconstitucionales. Es -aunque en caricatura- una re-implementación del modelo feudal, donde se reparte el territorio a leales para la respectiva representación del y organización en el territorio. Como única modernización el Fascismo consideraba también a las fábricas y a las organizaciones gremiales como territorios. El punto clave está en la legitimación de los representantes territoriales: para el Fascismo ella reside en la lealtad hacia arriba no en la selección desde abajo.
Nada tienen que ver los fasces de Mussolini por barrio, comarca o empresa y el Gran Consejo fascista que incluía delegados de las organizaciones gremiales, con los comités de campesinos, obreros y soldados de la España republicana, con los consejos de la revolución alemana del 1919 o los soviet en la revolución rusa del 1905 y 1917, o incluso los comités de condado de la revolución americana del 1776, pues todos ellos nacieron abajo y delegaron hacía arriba siendo ellos mismos la fuente de la legitimidad hasta arriba.
Como el arquetipo fascista de la sociedad se origina en la pre-moderna, pero el fascista tiene que enfrentarse a la sociedad moderna, su discurso está naturalmente divorciado de la realidad. Por esta razón el Fascismo no puede tolerar en público otro discurso ni puede entrar en debates con nadie, pues todo su edificio retórico se cae como casa de naipes con la más leve brisa de realidad.
El pacto con el gran capital
Sin embargo, para llegar a gobernar y sobrevivir en la práctica había que arreglarse al menos con los del poder económico. Por tanto Hitler ya en 1932 se reúne en privado con los banqueros e industriales más importantes del país, para asegurarles enfáticamente -y con éxito- que una cosa es su discurso electoral y otra la política concreta a implementarse, afirmando que su gobierno continuaría la política de estabilización económica y renegociación de la deuda por indemnizaciones de guerra. A la vez les promete un ambiente muy favorable y estable para futuros inversiones.
De hecho ni Hitler ni Mussolini cambiaron a fondo los mecanismos económicos. Aunque ciertamente ambos implementaron medidas para regular el mercado, no lo hicieron sin antes sentarse en privado con los dueños para consensuar con ellos los márgenes de ganancia. No expropiaron a nadie -salvo a los judíos- sino que buscaron siempre el beneficio mutuo. A la vez sus políticas de crecimiento económico, de inversiones en infraestructura, abrieron muchas nuevas oportunidades. Al fin de cuentas al asumir el estado la definición de los salarios y los servicios sociales, eliminando a la vez los sindicatos tradicionales, para los dueños de los medios de producción se dieron condiciones más estables y por tanto más favorables.
El triunfo del fascismo como movimiento popular
Muchos líderes fascistas comenzaron su recorrido político en partidos socialistas -Mussolini fue hasta Editor en Jefe del periódico del Partido Socialista de Italia-, sin embargo al no lograr establecerse como “lideres naturales” en ambientes dominados por verdaderos obreros y sus sindicatos, procuraron hacer tienda aparte. Compartiendo con la clase obrera el sentirse oprimidos, pero ni su role en la producción ni sus condiciones de vida, no obstante lograron desencadenar movimientos populares masivos y fuertes.
Pero hay una diferencia de fondo al concepto de lucha de clase: mientras para Marx la clase obrera demanda justicia en base de sus contribuciones reales a la producción material, el movimiento fascista está empujado por actores resentidos, reclamando su inclusión en las estructuras del poder, las que les supuestamente corresponden ya por sus calidades humanas. Una vez llegado al poder, la alianza temporal se rompe, decretando el Fascismo la muerte de los clases sociales en aras de la reconciliación y unidad nacional, mientras se aplasta al mismo tiempo cualquier intento de diversión interna, culminando con el masacre en Junio del 1934 de la Dirección Nacional de las SA, las Sturmabteilungen, los más fieles de los militantes de antes.
El fascismo entonces y hoy
El Fascismo entonces no era algo impuesto a la fuerza sino que nace como un movimiento popular de una clase media que se veía truncada en sus aspiraciones de subir, y que atribuyó ésta situación primero a la oligarquía vieja, que no les abrió espacios a nivel nacional y en segundo lugar a la dominación extra-nacional que le impide al país a subir en el concierto de las naciones.
El Fascismo triunfó por el apoyo popular y, sin alcanzar mayoría en elecciones libres, por el arreglo con los que dirigen la economía. No colapsó por dentro, sino que obligó al mundo a terminarlo a cuenta de 30 millones de muertos. Hoy solamente algunos desquiciados se proclaman abiertamente fascistas.
Pero el Fascismo no era idea de algunos desquiciados o una confabulación de unos pocos, sino el resultado casi automático de un concepto de lo político, que regresa de la razón a la fe, de la ciencia a la creencia, de la institucionalidad a la lealtad, de la participación a la figuración, del conflicto de intereses encontrados a la supuesta armonía natural.
Este concepto resulta atractivo a ambos lados: por un lado, la referencia a la patria, a la religión, a la familia y a un supuesto orden natural de la sociedad atrae a personas de la derecha tradicional.
Por el otro, el ataque violento contra los de arriba, contra las instituciones públicas inservibles así como los reclamos sociales atraen personas de los niveles bajos e intermedios de la sociedad, en particular aquellos grupos que materialmente o en su estatus se sientan amenazados por el avance del capitalismo con industrialización y concentración de los negocios: pequeños agro-productores, pequeños comerciantes, artesanos, personas con poca formación laboral aunque hasta formación escolar superior.
Como respuesta a las ondas de globalización y economización de todas las esferas -familiar, cultural, nacional y mundial- el Fascismo recoge e instrumentaliza los anhelos y temores de ambos grupos.
El concepto fascista no ha muerto, sigue viviendo subcutáneamente en organizaciones tanto de una supuesta derecha como de una supuesta izquierda, resultando a veces en alianzas sorpresivas para algunos y casi naturales para otros.
En América Latina, no ha habido un movimiento popular abiertamente fascista en el poder, aunque hubo ciertamente elementos fascistas apoyando tanto dictadores militares como también insertados en movimientos populares (dentro del Peronismo entre otros).
En mi caso personal, la historia de mi familia me ha dejado anticuerpos alérgicos a gérmenes fascistas, mientras quizás las circunstancias y la falta de ésta experiencia explican la aparente falta de sensibilidad de la izquierda latinoamericana en relación con el verdadero y peligroso fascismo: aquel que nace dentro de movimientos populares y los sabe canalizar para sus propósitos.